jueves, 2 de diciembre de 2010

Sueño-tour en fondo blanco.

I.

Me saluda, está de terno, limpio, pulcro, crucificado con zapatos italianos color caoba. Yo me quiero desanudar de su mano la mía pero todo va lento y suave, menos yo, menos lo que pienso. Todo está hecho para que no curse más la escena, con el metal en su boca, todo estaba fabricado para desaparecer de golpe, para verla a ella, tapada solamente con hojarasca de mercurio, desde sus pechos hasta centímetros antes de la rodilla. Yo en el Gólgota de los sueños, en y sólo escucho de su boca  tiempo, cada cosa en su lugar, silbo tiempo, y caigo al suelo blanco como todo alrededor de todo lo que absolutamente dejó de existir. Sólo queda mi piel, limpia de todo retazo taladrado para mi cuerpo, de rodillas.

II.

Se le tatuó la espalda. Yo me tatué la espalda, cada centímetro de la espalda, con las caras de los pernos extintos y oxidados, con la palabras de ellos, con lo que encontré en la mística ilusoria de la música barata y la vida embobada. ¡Pero en serio! me tatuaron la espalda, la cara de un rueda, el  mantra de una cultura desarticulada, de una cultura un poco deshecha por la televisión y el magazine.

III.

Fue cuando volví, cuando la vi a los ojos, cuando la toqué y su ropa decantó en mis manos; ella desnuda, blanca y desnuda. Tomé mi mano, sentí mi mano y la puse en su pecho y traté de atravesarlo… Aun no sé si lo logré, aun no sé de ella, porque tengo los pies fríos, porque morí viajero. Pero me doy la libertad de saber todo lo demás, ella me descolgó la mano, la muñeca, me quemó el brazo, por eso la quiero ver de nuevo, ella me tomó, me coció la mano, me hizo un perro arrinconado, una caja de pasteles húmedos, una calle en diagonal.

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