Traté de ver a través de la cortina, pero se ve borroso. Veo luces, siluetas confusas pero nada como para comentar. Son posiblemente las tres o cuatro de la mañana y no me puedo dormir.
Claro, me bajé del taxi, me despedí y me fui hasta la reja de la casa, la abrí y luego la puerta. Estaba solo, no había nadie más que yo. Era desesperante no tener a nadie, absolutamente a nadie a quien comentarle nada, no es que tenga que decir gran cosa, pero a veces a uno le gusta hablar, desahogarse un poco. Qué más da, estoy solo en una casa demasiado grande para mí.
Cuando pasó media hora salí de la casa, vi la hora y aun podía desahogarme con alguien. Así, me fui donde Aldo, sabía que aun debía tener su boliche abierto. Le dije que me diera un Whitehorse, me preguntó si podía pagarlo y le pasé siete mil pesos. Me despedí y cuando salí empezó a llover suave, para cuando llegué a la casa ya estaba terrible. Me cambié de ropa y me puse a tomar whiskey y comer maní con merquén.
Cuando pasó media hora salí de la casa, vi la hora y aun podía desahogarme con alguien. Así, me fui donde Aldo, sabía que aun debía tener su boliche abierto. Le dije que me diera un Whitehorse, me preguntó si podía pagarlo y le pasé siete mil pesos. Me despedí y cuando salí empezó a llover suave, para cuando llegué a la casa ya estaba terrible. Me cambié de ropa y me puse a tomar whiskey y comer maní con merquén.
Y bien, estoy acá nuevamente, esperando que me llame Amalía. No sé si lo haga, aun es temprano y estoy un poco borracho todavía. Tengo dos objetivos, ya que no me puedo quedar dormido. O la llamo y le digo algo o, simplemente, me tomo la otra mitad de la botella.
Nunca he sido un tipo muy elocuente, ni muy ingenioso, menos por teléfono. De hecho, encuentro al teléfono una mala vía para comunicarse, es muy impersonal, falto de gracia, frío y hostil. No me queda más que ir a buscar hielo

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