Tomaba café en la mañana. La mesa estaba vacía, sólo la tasa y su pelo que caía como agua, como si la tasa se hubiese roto o rajado. Le pedía ayuda, solamente ayuda. Le toqué el hombro suave, me temblaba la mano pero me moví levísimo desde la punta de su hombro al cuello, hasta que se acomodó el pelo y saqué la mano. Tomó la taza de café y me conversó de un par de cosas que esperaba en el día: el cajero, ver unos papeles y unas cuentas, el perro. Le pedí amablemente, a la muy puta, que me ayudara. Estaba cansado, me dolía la cabeza y no quería seguir ahí, me tenía asqueado el sushi, el apartamento y el centro de esta ciudad de mierda. Avancé hacía ella, le puse una mano en el hombro y le dije Adela, por la chucha esta guea es insoportable, no entiendo cómo llegamos a parar a este reducto falto de todo, esta vida es una mierda cómo no te das cuenta. Tragó con dificultad el café, se limpió rápidamente el ojo izquierdo con el pulgar derecho y se paró de golpe, yo retrocedí un poco.
Dio una vuelta por la cocina derrumbándose, vio la ropa colgada en el balcón y me dio una cachetada, me empujó contra la gaveta pero alcancé a sostenerme de la mesa, y no caer de nuca. ¡Qué chucha te pasa!
Se le empañaron los ojos y a mí también. Ándate a la cresta, hueón. Con el empujón boté la cafetera, se derramó el café por el piso, chorreaba como si fuese mi sangre, como si me hubiese dado un balazo en la espalda. Sostuve mi cuerpo esparcido en el suelo flectando las manos hacía atrás, me impulsé un poco y me compuse lentamente elevándome con la pared. Tenía la camisa manchada de un color pardusco apagado que tomaba más fuerza en las partes en que calló el líquido directo, me había quemado. Ella sólo me miraba con una cara de desprecio y asco. Buscó su cartera con los ojos, el cuerpo se mantenía inmóvil hasta que la encontró conduciéndose a ella; tomó las llaves de la pecera y se fue.
Me lavé la cara y me cambié. Tomé mis llaves y me fui por ella, la encontré a menos de una cuadra de casa. Le tomé el hombro fuerte y la empujé hacía mí, con el otro brazo contuve su cadera pero se zafó. ¡Lárgate! Me dijo entre nerviosa y avergonzada por la profundidad en la articulación de sus palabras; por el eco entre la calle fría y los edificios remojados deshaciéndose como mantequilla. Comenzó a ponerse histérica, trató de apurar el paso pero agarré con una mano la baranda oxidada de un pórtico y le conduje violento hacia mí, se golpeó contra mi clavícula la boca y le sangro por dentro del labio, por mi parte el rebote de su cuerpo me rajó la palma de la mano que se deslizó presionándose hasta el final del pasamanos.
Estábamos parados en medio de la vereda con un número indeterminado, y creciente, de vecinos mirando de reojo en medio de sus cortinas y persianas como ratas entre las rendijas, comiéndose nuestra mierda desaguada, nuestros intestinos violáceos y parduscos se colaban entre sus dientes, sus bocas, sus gargantas. Ellos en el fondo estaban contentos con ese carnaval de miseria y pobrerío.
Adela quebró en llanto, le tomé la cabeza y la hice retreparse en mí, mientras me caía de golpe con el culo al piso húmedo. El labio se le hinchó y mi mano sangraba descorchada y sucia, manchada de óxido y tierra. Continuó sollozando un rato, mientras le hacía cariño en el pelo y detrás de las orejas, hasta que se puso a reír leve y confundida secándose las últimas lágrimas que ondeaban su cara. ¿Vamos? Y me respondió que tenía trabajo, que debía irse. No te puedes ir así…vamos le repliqué.
Ahora, en la puerta de la casa saqué las llaves y abrí la puerta. Se fue al tocador, yo me saqué la camiseta enrollándomela en la mano. Mi panorama era desolador, la casa de madera y piedra, estaba húmeda por el tufo de la mañana, la madera crujía de vieja y desgastada, por la falta de cuidado, habían unos pocos muebles desperdigados por algunos espacios del piso. Toqué al baño y no me respondió sino hasta la tercera o cuarta ocasión que repetí la pregunta. Salió bastante compuesta y me dio un beso en la mejilla, dirigiéndose a la cocina. Tomó la cafetera de metal y la colocó en su lugar de siempre, limpió el suelo, acomodó la mesa y las sillas. Encendí el estéreo y puse un disco de Chet Baker, cambiando hasta dar con el tema que quería. ¿Qué pasó? Le dije pero no me respondió nada, la arrinconé contra la pared lentamente, dirigiéndola con mi mano en su hombro. Cuando tocó la madera ennegrecida de la pared con la espalda siguió callada hasta que me dijo que la dejara o que le pasara un cigarrillo, del paquete que estaba dentro de la pecera. Busqué la cajetilla con la mirada, saqué dos cigarrillos, llené un plato con agua y abrí la ventada de un costado.
Estuvimos sentados por un par de cigarrillos más, mientras me contaba lo que teníamos que hacer, otra vez más, luego se paró y le dio de comer al perro. Cuando finalizó la sostuve fuerte, presioné enérgico sus brazos contra ella misma y la remecí. La arrojé contra la pared y le dije que no me había dado ninguna respuesta.
Me besó y se trepó hacia mí. La sostuve con mis manos en su culo y la puse sobre la mesa de madera en que comíamos, la sentí crujir y opté por no treparme a ella. Le subí el vestido y le bajé las mangas dejándole una bandera de tela floreada tapándole el abdomen. Estaba más flaca que cuando la conocí, cuando la vi esa primera vez. Yo también había bajado de peso, en ese continente mugroso en que vivíamos, ver ese apartamento tan lleno de nada, tan frío, tan vacío te quitaba las ganas de comer, te robaba de la boca la comida masticada.
Le saqué la ropa interior, primero el calzón y finalmente el sostén. Hicimos el amor sin decirnos nada, sin mirarnos mucho, sin darnos un solo beso o decirnos alguna palabra de aliento o cariño. Eyaculé sobre la mesa, no quería terminar dentro de ella, ya me lo había quitado todo, por lo menos una buena parte. Me preparé un té y ella se tomó un vaso de agua, me abrazó por la espalda y me puso un sombrero de paja que fue el mismo con que llegué ese día sábado en que decidimos de consuno irnos a vivir juntos, arrojarnos definitivamente a esa cascada. Por lo menos en perspectiva la miseria, ser nómade y vivir de lo poco que podíamos entregarle al mundo no se veía tan malo. Era más joven, sustantivamente más estúpido y comprometido con mis palabras, mucho más que ahora. Había salido hace tan poco de la universidad, había publicado un par de cosas y había leído hacía tan poco Ezra Pound, fui un imbécil, nunca hay que tomar decisiones cuando un libro está recién enfriándose en tu cerebro.
Me acomodé el sombrero hacía atrás y le hice cariño en la mejilla. Sentado tomándome el té recapitulé todo lo que había pasado y me dieron ganas de llorar, de tomar un cuchillo y pasármelo por la garganta. Miré esa ropa en el balcón, intentándose secar en vano, ese ventanal duro y tosco que coronaba la habitación. A lo mejor es este piso, Adela, a lo mejor eso es… pero no me tomó mucha atención.
Definitivamente no había nada que hacer, estábamos lejos y el regreso no se veía ni si quiera demasiado esperanzador, simplemente no se podía figurar. Adela tampoco se veía contenta, la había medio arrastrado acá, en el papel se mostraba una idea espectacular la permanencia. Resultó siendo una mierda, una cadena de quistes y de tumores pegados a nuestros cuerpos, delineándonos de opaco, haciéndonos cada vez menos, más insignificantes. Si me pudiese mirar en el momento preciso cuando puse algo de mi fe en esto me generaban arcadas como una tos fuerte y seca, esta casa también me dan ganas de vomitar, esta casa está manchada de bilis y sangre, hay un olor pútrido en esto que es a lo mejor el susurro de la mañana que se cuela por la ventanas, por debajo de la puerta, por entre medio del pasillo y llega retorciéndose como un animal muerto a mis narices. Las mañanas nunca fueron mi momento del día, pero los días acá no avanzan, se quedan detenidos a las diez de la mañana, el mismo aliento vicioso de cigarrillos, de gas y comida; las miradas de la gente, juzgando como visto, como camino, como me gano la vida, lo que hago y por qué lo hago. Hijos de perra, rastreros, son una parva de aves carroñeras ponzoñosas, de animales malditos sacados de la vista de los dioses, lo que tocan lo pudren y yo con ellos, me torno hosco, me vuelvo frío, no conservo ni mi olor, como un animal a la defensiva me oculto bajo el cadáver de un compañero muerto y me enveneno con su piel dura. Adela notaba que yo me reducía más y más, que ya no era el mismo, que había perdido la dirección y que me daba pánico decirlo, a ella le generaba aun más pánico hablar de eso, nunca se lo dije hasta hoy en la mañana.
La busqué en la habitación pero no estaba, me senté en la cama y ojee unos libros que había comprado hace un par de días. Luego de leer un par de páginas llegó Adela. Me miró firme y me dijo que si ya me había calmado. Se puso a sonreír conteniendo la risa y el amor que aun decantaba por mí. Se estaba riendo y le puse los pulgares en las cejas y acomodé su pelo. No quise darle más al tema, le besé el cuello le tomé la cintura, después su culo desnudo. Me empujó a la cama y se sacó el vestido de golpe, estaba desnuda, desnudísima. La agarré del cuello, la estrangulé hasta que la cara de quedase roja, la puse contra la pared, al lado de la cómoda, sentía mis músculos apretándose, tensándose como a punto de cortarse, sentía mi sangre inyectándose en la fibra. Solté una de mis manos y me bajé la cremallera, solté a Adela y dio un respiro hondo, tomó una bocarada de aire desesperada. Saqué mi pene y le bajé la cabeza violento, directo hacia mi verga. La puso completa en su boca, se sentía la guturalidad que producía, y así un par de veces más. Se trepó tropical a mi pecho, me sacó la camisa y los pantalones. Recorrí su cuello con mi boca, destacando un horizonte fálico en sus caderas, en su cintura, en su ombligo. Apreté sus pezones, los mordí; me mordió las orejas, me babeo el cuello y el mentón. Tenía hambre de sexo, quería ser violada, quería hacerse marea, un chorro burbujeante. Robó mi falo palpitante con una mano y lo hizo entrar en su vagina con cuidado.
Se había vuelto loca, rezumaba un aroma distinto, una fragancia diánica y fecunda. Apreté su monte de Venus, haciéndole más fuete el amor. Me tiro el pelo y grito que no parase, continué hasta que la pelvis me doliera, lo que no fue en mucho tiempo. Sentí su orgasmo, sus dedos de los pies haciéndose miga de pan, como caían delicadamente sus tetas, sus pezones como se alumbraban, vi la transpiración de su cuerpo, vi la pira abrazándose a su cara y el hielo sublimándose en sus labios. Saqué mi verga y descansé, me dolía de sobremanera todo el cuerpo, habíamos hecho una acuarela sobre las sábanas negras. Me compuse, y se montó sobre mí, tomó nuevamente mi verga y la condujo a ella. Se tocaba el pelo y mi cara, la imagen de su boca atragantándose con mi pene; su pubis delicadamente recortado, hecho de papel maché; su cuerpo sobre mí y; su culo, esculpido en mármol y yeso, eclosionaba en sí mismo, se contorneaba circular, me sedujo quebrándome la vista. Su culo era helénico y vistoso. La arrojé hacía atrás de espaldas pero se resistía, continué hasta que la dominé. Me dolían los brazos y estaba sumamente agotado, paré un momento, se puso de espaldas contra mí, la articulé de espaldas y le golpee el culo. Con mi mano tracé recto desde su ombligo hasta su vulva, introduje mis dedos, anular e índice, suavemente. Luego, sostuve mi verga y la puse dentro. Fue el último respiro, sus últimos gritos apretados. La vi de espaldas a mí, hincada, con sus nalgas brillantes, de rojo intenso que se desvanecía como el oleaje. Acabamos, sentí su piel tensándose en los pliegues de la cintura, sus brazos cansados, mientras eyacula orión en el terciopelo de su vientre. Me paré a un lado, tomé una camisa y me la puse junto con un pantalón que había sobre la ruma de ropa seca. Me sentí etéreo, consumido por un sopor empañado.
Cuando pasé por el pasillo hacía nuestra habitación, me miré la cara al espejo, me toqué la sien y los ojos, me veía aplastado y oxidado. Llegué con la cajetilla de cigarrillos en mano, Adela aun estaba desnuda, miraba al techo, veía una frase que trascribió a pincel un día de invierno y otros dibujos, lucía contenta. Yo estaba difuso aun, algo no me calzaba del todo, pero por lo menos la miré a ella, miré el techo y los junquillos, me sentía satisfecho. Tomé el sombrero de paja y me lo puse en la cabeza.
Adela se paró y se colocó el vestido. Que estupidez todo esto, mientras me observaba detenida. Fue allí cuando me di cuenta que no había vuelta atrás, que todo había sido un preludio, uno carnal, que eso iba a ser lo último que se nos iba a dar de bueno. Eres preciosa, Adela, ojalá te vuelva a ver o volvamos a hacer el amor en otra ocasión, inhalé hondo y saqué un cigarrillo. Fuimos hasta la cocina, ahí había comenzado todo. Te sienta bien el sombrero, encendió la cafetera y la tomé por detrás de cuello, sentí suaves los pelos de su nuca, los tiré con delicadeza acariciando su pelo rubio. Toqué por atrás su rostro y la azoté contra la pared, pensé en golpearle en la cara, pero habría sido excesivo. La apreté del cuello y le saboreé con la punta de la legua la mejilla, agridulce como sal y crema. Se resistió poco, o por lo menos fue muy débil, hasta que se quedó inmóvil. La vi esquinada, silenciosa, inerte; le cerré los ojos, me serví un café y me hinqué a rezar como cuando era niño en las horas de oración en la San Francisco de asís.
Credo in unum Deum
Patrem omnipotentem,
factorem cœli et terrae,
visibilium omnium et invisibilium;
et in unum Dominum Iesum Christum,
Filium Dei unigenitum,
et ex Patre natum ante omnia sæcula;
Deum de Deo, lumen de lumine,
Deum verum de Deo vero;
genitum, non factum,
consubstantialem Patri,
per quem omnia facta sunt:
qui propter nos homines
et propter nostram salutem descendit de cœlis,
et incarnatus est de Spiritu Sancto
ex Maria virgine,
et homo factus est:
crucifixus etiam pro nobis
sub Pontio Pilato,
passus,
et sepultus est:
descendus ad infernos
et resurrexit tertia die
secundum Scripturas,
et ascendit in cœlum,
sedet ad dexteram Patris,
et iterum venturus est cum gloria
iudicare vivos et mortuos;
cuius regni non erit finis:
et in Spiritum Sanctum,
Dominum et vivificantem,
qui ex Patre Filioque procedit;
qui cum Patre et Filio
simul adoratur et conglorificatur;
qui locutus est per prophetas:
et unam sanctam catholicam
et apostolicam ecclesiam.
Confiteor unum baptisma
in remissionem peccatorum:
et expecto resurrectionem mortuorum
et vitam venturi sæculi.
Amen.
un disco de chet baker definitivamente era el indicado para colocar en ese momento de la historia.
ResponderEliminarEste esta más bueno que la chucha. El loco se la pitea al final. brígido jaja. Oye ronald, te he comentao este cuento como tres veces, la primera lo leí en una noche de borrachera y parece que me quedo grande, pero ahora lo leí de nuevo y tiene partes increibles. Cuando nos veamos te hago mis comentarios, pero me quedo con lo de sus pies haciendose migas de pan, hicimos una acuarela en las sábanas negras y lo de tomar decisiones con un libro aun caliente en la cabeza. Cinco estrellas.
ResponderEliminarPd; pa comentar necesariamente hay que estar con la cuenta abierta (por eso nunca quedan mis comentarios). Cachureate el cuentosdescuentos, lo último es notoriamente Bukowskiano, te va a gustar.