Del
árbol del bien y el mal
Comí su
fruto famoso
Pa' ser
cantor ingenioso
En esta
vida terrenal
Crecí
en el tamarugal
Orgulloso
de mis versos
Por
fuera y el reverso
Me
ganaba la platita
El amor
de las niñitas
Que me
tapaban a besos.
Siempre he encontrado ridículos los diarios de vida, no sólo
porque nunca llevé uno, sino porque atribuirle a la página en blanco un carácter
psicoterapéutico me parece gracioso. Las pequeñas historias, la literatura,
tienen mucho de diario de vida, pero quizá casi nada de diario mural, por eso caen
tan pesado ver esas instalaciones lateras que buscan llenar algo que nace
exclusivamente de la garganta del ser humano de a pie que las escribe. Personalmente,
me gusta la mensajería instantánea, me gusta ver ropa igual, pero a veces se
torna medio miserable responder algo que nunca buscó que se respondiese y que siempre
estuvo llamado a ser un terreno abierto, tiene tan poco de Jonás eso.
En fin - en desmedro de mi literatura-, dudo bastante, me
parece esforzado y poco real pensar que de un acto de violencia espiritual, que
del resquebrajamiento del alma, del izamiento de una cruz nazca nada similar al
carácter. La verdad es que el carácter a momentos, aunque a momentos siento que
no, se torna un lugar común de mierda donde van a para un montón de
sentimientos hilachosos. He pensado algunos días y sigo creyendo que cuando
se genera un daño tan profundo en una persona no hay forma de repararlo, no
existe manera de que la mente humana vuelva a reunir piezas que dejaron de
estar unidas. La tristeza tiene la mala característica de multiplicarse, posee
la tolerancia de un árbol, siempre existe y se guarda en el rincón más profundo
del alma del occiso, es como una reacción alérgica que regresa cuando se camina
la diagonal, cuando se está a oscuras en el cine o en medio de una fiesta de
disfraces.
Sobre el amor, creo que el tiempo o la distancia,
probablemente sean otras las palabras, lo vuelve deforme y ridículo, lo que no quita su agradable consistencia de lácteo. Las performances,
las intervenciones, los circos en general, son siempre de tan mal gusto, porque
los simulacros de amor, los simulacros de tristeza y dolor son grotescos.
Nunca tuve vocación de esperar en medio de Marruecos alguna
yihad emocional de alguien, suena hasta abusivo. Quizá por eso me parece tan perteneciente
al suelo de los menesterosos y desamparados ese ánimo de viajar, de moverse a
un lugar con más luz, porque el pueblo llano y los filisteos sienten esa devoción
por la iluminaria. Una vez una mujer me dijo que su madre le había dicho que
aprovechara de pololear lo más posible, muchas veces. Ese era el punto, hacerlo varias veces,
porque al final de éso se trata todo, de ganar o de sumar, sino por lo menos de
empatar, supongo. A mí, en lo particular, no me molesta tanto perder, a lo mejor por ser hijo único, pero siempre hay cosas que me generan paroxismo, como no poder deshacer ese día específico en los cedros, no haber escuchado a Johnny en ese momento. Un día Johnny, dentro de una camioneta, me dijo algo así como que viera más de cerca, que proyectara lo que iba hacer, que lo que estaba haciendo, en un rango material y metafísico, no iba a resultar bien, pero era una época negra de mi vida y no estaba escuchando mucho a Johnny.
Estos días he vuelto a ver cha, cha, cha. Me gusta la frase que dice Alfredo Casero a su hijo al final del examen, me da risa, me es reconfortante. Te puedo enseñar a volar, pero no a seguir mi vuelo. Anda y sé argentino.
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