lunes, 21 de abril de 2014

La infinita luz marina

De un tiempo a esta parte creo que me he sentido más cómodo, de alguna manera logré tener un estado mental medio Melville cuando estaba escribiendo Bartleby. Es agradable, porque uno puede desarrollar cierta rutina atractiva, hacer las cosas más lentas, leer más, algo muy Starting out in the evening o quizá más Sixto Rodriguez. A veces, en ciertos instantes me acuesto y me da la impresión de que me hundiese, en esos momentos tengo la maravillosa evocación de tocarte el rostro, recuerdo alguno de tus movimientos como si los tuviese grabados, tu sonrisa, el sonido de tu voz. Me ha ocurrido en estados de enajenación y de lucidez cotidiana, no puedo dejar de admitir que es agradable, el sentimiento que tuvo el detective cuando estuvo a punto de morir por el Yellow King. Después de ese proceso mental, desde luego que, deviene el desagrado, el asco a tu persona y tu actitud, a tu poesía, lo grotesco que era tu cuerpo desnudo, la repugnancia por tus palabras y lo que decías, y en fin. Entonces es ahí cuando retomo la sensación agradable que me produce leer ¿Por qué no bailan? y el poema Madera de balsa, es allí cuando me siento absolutamente más cómodo. En Carver debe quedar la última esperanza de la humanidad. La literatura nos puede mantener a salvo, nos mantendrá a salvo.

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