miércoles, 26 de febrero de 2014

Las sagradas leyes de Kirchhoff

Cuando era más joven, más joven de lo que soy en este momento, nunca pasó por mi mente el poder estar más de una vez en la noche más oscura del alma, en la parte opaca de donde el otro lado no se distingue con claridad. Es difícil figurárselo cuando se es más joven e idiota, quizás es porque no es posible ser más indolente y por lo tanto se hace complejo tener siquiera la mínima visión del todo, del todo completo, de la perspectiva, lo que en inglés denominan outlook, como Michael Collins – el astronauta- y poder ser el único humano que no sale dentro del marco de la foto, lo que me recuerda una historia: un grupo de hombres se juntan todos los días, charlan, juegan, beben y organizan algo que para efectos de lo que escribo no tiene mayor importancia, todos traen algo de vital importancia para el encuentro rutinario, un día se reúnen los sujetos, pero comienza a faltar uno del grupo, el que traía el periódico y los dados, luego de un par de días se preocupan y busca, llaman, tratan de averiguar el paradero del ausente, elaboran un sinfín de teorías, hasta que un día se cercioran por una crónica en el diario que el tipo murió en un trágico accidente. Al otro día, el grupo se reúne nuevamente y hacen lo mismo que hicieron todos los días, claro que no leen el periódico jugando cartas.

Ahora, claro que se puede estar en la zona más de dos veces, de hecho se puede estar siete o veinte veces en el mismo lugar, aproximándose a lo mismo y haciendo exactamente lo mismo, pero más allá de todo, más allá aún del infinito proceso entrópico del espacio, más allá de la ineludible congelación térmica del universo, es obvio y predecible tener una nueva etapa oscura. Siempre me ha faltado fe, siempre nos ha faltado. A momentos tengo la sensación de estar repasando los mismos hechos, lo mismo, como estar ejercitando un músculo. Una vez una mujer que amé y quise mucho un día mencionó que en nuestra casa le gustaría que estuviera llena de vida, de animales, de plantas y niños. Recuerdo haberle tocado suavemente el rostro y haberla besado, pensé y supe irremediablemente que tenía que alejarme lo máximo posible de ella ¿Por qué tendría una casa así? Preferiría morir en la absoluta soledad de un silo. En fin, he vuelto a verla un par de veces y sigo pensando lo mismo de ella, que esencialmente ve una persona que yo no reconozco y menos aún podría ser.

Hablar con el prójimo, hablar del prójimo, lo que básicamente nos vuelve seres humanos.

De niño pasaba buena parte del día viendo televisión, eso debió encender o fundir algo en mi cerebro con seguridad, estar en la oscuridad de la pieza era sumamente natural, la sencilla sensación de Herbert Clutter antes de verse muerto como un perro. No me considero un gran creyente de la venganza, me veo más como un feligrés de la sangre, de la redención, pero una que sea completa, que abarque al conjunto como en el diluvio de Atrahasis. A mi entender la redención implica días de sentarse a pensar sobre un risco, Jesús tentado por Satanás en el desierto, ser herido y ver como se abre la ola y se entierra como un cuchillo sobre todos los reinos del mundo. Las veces que he pescado siempre me han llamado la atención los movimientos, es tan poderosamente cierto eso de que la vida la forma y moldea el mar, que los únicos seres que no se pierden son los peces, lo lamentable es que somos seres finitos y mamíferos y ese ejercicio de convulsionar que parece tan simple para una corvina o una albacora es monumental para uno, de hecho. La sangre en el mar siempre posee otro tono, tiene un olor y color distintivo, distinta de la sangre que cae sobre la tierra, la sal cierra las heridas, la sal purga los pecados, la sal filtra hasta el último residuo profano y estéril que roza.

Volviendo al tema, las etapas más negras de la vida de un hombre, hasta las del hijo del hombre o los hijos de los hombre, como la película,  son siempre tan ingratas, se vuelve tan devastadora la soledad - en verdad soledad no es lo que trato de expresar sino ausencia- tan perfecta es que solamente los hombres como yo la pueden ver, lo que la hace más sucia e injusta de expresar. Ese minúsculo silbido que nos entrega la situación de estar viviendo, el sentido más preciso de la palabras.  No puedo decir nada, lo más probable es que haya llegado a un punto irreversible, tan irreversible como el dentífrico fuera de su tubo, como las leyes que rigen la naturaleza y los besos, como la oscuridad de mis ojos, como la proyección del mar, como las muertes, como la liebre que corre tras un tigre que duerme, como Ismael estimando los océanos. Me llena, por un momento, el placer de haber sentido que te gustaba lo que escribía o cómo lo hacía o por lo menos cómo hacías que te gustaba.

Me gusta pensar en el infinito amor que sienten los niños por los dinosaurios, el niño de siete años que dejé de ser.

Espero que la mujer más linda de todo el mundo deje de estar triste, pero qué pena no poder decir que ''la vida es muy larga'' es una frase mía.

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