No había querido escribir, me lo había auto impuesto, sentía
que me generaba una fuga de ideas o bache creativo, no sé cuál será el nombre
apropiado. Tengo que terminar un cuento para el día trece antes de las doce de
la noche y uno se da vuelta con este tipo de cosas, no te dejan dormir bien y
tampoco puedo ver televisión tranquilo, de alguna manera captan toda
tu atención, supongo que tiene que ser así sino no resulta. La cuestión es que
no quería escribir ni podía ver alguna serie o película sin distraerme al poco rato.
Con Jorge nos
contrataron unos vecinos para limpiar un patio, vamos todos los días de diez de
la mañana a seis de la tarde y tenemos que limpiar un terreno lleno de hojas y
cosas por el estilo, un sitio abandonado. Es curioso el lugar, la primer vez
que lo vi le dije a Jorge que me recordaba al jardín de la mansión donde vivía
la señora Havisham, no entendió la referencia el guatón ignorante, pero después
le aclaré que era la casona de Grandes Esperanzas
y ahí captó más, al menos dijo que conocía la película. Es un patio estrecho,
estimo que debe tener unos diez metros de ancho, pero es hondísimo. Son
evidentes las huellas de su pasado glorioso, de la notoria falta de atención que
sufrió con el pasar del tiempo y las generaciones, hay sectores con musgo
intenso, la parte cerca del pozo tiene un verde profundo. Yo me dedico a
limpiar el piso, despejar las hojas y meterlas dentro de sacos mientras Jorge desmaleza
y poda los árboles. Nos demoramos cuatro días en terminar todo, hoy nos pagaron
de hecho, el pago fue bien generoso, me sentí hasta un poco mal cuando me
dieron la plata, pudimos haber hecho toda la pega perfectamente en dos días,
pero andábamos a paso lento, medios drogados, hay que admitir que el lugar tenía su encanto,
pasaba agradable el tiempo allí. Hoy me dediqué casi todo la jornada a sacar
frutas de los arboles mientras Jorge cortaba leña. Pude sacar hartas paltas y
papayas, me llevé unas cuentas y dejé lo que restó. Una vez pagado fui a la
librería, me gasté casi todo en libros, me reservé veinte mil pesos para ir al
cine o salir a comer. En la librería, entre varios, me compré Grandes Esperanzas, en un bonito
encuadernado de editorial Alba, salí feliz, más que feliz o mejor que feliz, en
estado pletórico. Ahora, a mí en lo personal me gusta más Historia de dos ciudades, es lejos mi favorito de Dickens, que es
el libro favorito del personaje de Doug en House
of Cards, es casi profético eso, al igual que Peter Quinn en Homeland que guardaba un humilde librito
de Grandes Esperanzas, eso explica algunas cosas, explica las sensación crepuscular que invade a ambos personajes,
a veces la mente de Doug se debate entre la noche y el día, entre la
abstinencia y el asesinato, por su parte Quinn se reñía en lo mismo, entre la
realidad y la inexistencia, siempre me pareció curioso eso, Peter Quinn era pura
voluntad de poder, era muy nietzschiano en ese sentido, es el brazo que
remplaza a Dios para escribir la historia humana, ahora ya no es época de
profetas sino de mercenarios, así que los narradores de las crónicas son
totalmente distintos, Peter Quinn y Doug convergen es este sentido, porque
actúan tapados, cubiertos, después sencillamente desaparecerán, la gente que
se ve en los cuadros, los presidentes y generales son sólo viejas estrellas
del cine mudo, de una edad de oro oxidada, están ahí para recordarnos a un Dios
que murió y no volverá, así que la nueva mano invisible resultó ser también desechable.
Esa es la gran lección de Sunset Blvd,
por algo la tradujeron como El crepúsculo
de los dioses, además tiene un reparto que está viviendo la película en
carne propia, una Gloria Swanson en la trastienda del cine y un Buster Keaton
relegado a la infamia, sumido en el alcoholismo, seres esencialmente trágicos,
cuento aparte para Joe Gillis, otro día hablamos de él. Como sea, el libro de Nietzsche
y el film de Wilder comparten cierta visión programática del humano y el arte,
esto es claro, al igual que Fedora
-la última realización del director si no me equivoco- otra película de Wilder
en que el argumento nos recuerda un poco a Sunset
Blvd, por lo menos la lección es la misma: la tragedia del hombre deviene de
la muerte de Dios, atrapados todos en el anochecer de los tiempos, entre el
aplomo y el exceso, obligados a vivir en un mundo desprovisto de santidad. El
pathos moderno del escritor y toda artista se sitúa precisamente ahí, en el
crepúsculo.
Todo eso me lleva a pensar en Silencio, leí un artículo en que Scorsese expresaba ciertos puntos
contra un crítico que no me acuerdo bien que dijo. Se suponía que era una
defensa del cine, yo no sé, estuve de acuerdo en todo, pero era una
perogrullada, al principio repite el concepto de construcción orgánica de Eisenstein,
así que menciona varias escenas memorables que podrían trabajar como obras en
sí misma y la influencia que tenían en el todo y bla bla bla, de algo así iba, la cosa es que
eso lo dijo ya Eisenstein cuando publicó su teoría moderna del montaje, no
es ninguna novedad. Después va a un punto más interesante, pero a mí parecer
infértil, que es el de los resultados de las adaptaciones de obras escritas al
cine. Hay una frase de Kubrick que he visto varias veces, dice algo como si se
escribió o soñó entonces se puede filmar o entonces se puede hacer una
película. Odio esa frase culia, es una reducción atroz, obviamente que Kubrick
la dijo, el regalón de las productoras, porque el guatón culiao se sentaba y
mandaba no más y en caso de que no estuviese algo se pedía o se inventaba para
su complacencia, esa fue su vida de cineasta, no se vaya a creer que no me
gusta el director, me gusta, pero qué espanto de frase, qué falta de
entendimiento, el cine no funciona como un traductor. Yo me quedo con el
espíritu de las palabras de Scorsese, el Allen Ginsberg de la historia del cine
americano, él rebate la afirmación de que toda adaptación cinematográfica sea
una distorsión, pero en mi opinión esto no es porque haya una
visión o un sentimiento común, ahí se equivoca Scorsese porque la película no
es un equivalente artístico del libro, es una cuestión enteramente aparte, aquí
la única regla trasversal es el robo y eso vale para todas las disciplinas
artísticas, yo no me puse a escuchar el soundtrack de las película The Big Sleep cuando me leí el libro de
Chandler, porque no tiene sentido, el cine no es una herramienta hermenéutica
ni un traductor a escala. Lo que siempre he encontrado maravilloso del cine y
lo que lo hace absolutamente moderno –extrapolando la visión de Rimbaud sobre
el arte en la modernidad- es que la autoría se manifiesta como una construcción enteramente
falsa, el cine es una empresa colectiva, tan colectiva y diluida que parece
absurdo decir que tal o cual película es de Scorsese o de Wilder o de
Hitchcock. Cuánto de Scorsese hay en Toro
salvaje y cuánto hay de Michael Chapman y cuánto hay de Joe Pesci, yo no
sé, pero lo que sé es que la película no existe sin todos y la fotografía y el
montaje son conceptos esenciales y quizá el primer montaje fue una mierda y el
segundo una obra maestra, de quién es la película, a quién pertenece la obra. Me
extendí mucho, no sé si se entendió, un día lo podemos conversar bien, la cosa
es que hay que ser más ruso en estos temas y se me vienen a la cabeza los tres
grandes, pero principalmente Toltoi y Turguenev, Diarios de un cazador es una cosa tan bella, llena el corazón,
como a Hemingway en ese Paris ingrato o como a Enzo Ron en esas noches de inviernos en Remodelación Paicaví. No hay ideas originales ni adaptaciones
ni obras distorsionadas ni obras prohibidas, este es un terreno llano -como el
patio que limpié-, son las vías del tren o esa carretera eterna que recorrieron
los beatnik y esencialmente es así porque nos lo ganamos, porque matamos a
Dios, le pisamos la cara, nos dejamos el mundo para nosotros, las sagradas
escrituras están selladas para lo divino pero completamente abiertas para
nosotros, la nueva sacralidad del hombre: nuestros artistas son nuestros nuevos dioses.
Scorsese no le debe ninguna explicación a ese imbécil, ese tipo no
hizo ni la película ni tampoco escribió el libro y por lo perceptible no tiene
una noción acabada de la literatura y del cine. Silencio no me voló la cabeza -el libro me gustó harto más siendo
sincero-, me quedo con otras de él. El director de The
Last Picture Show, que es amigo de Scorsese, comenta en el documental de
Roger Corman que Martin se encariñaba con películas extrañas, no las que
nosotros pensaríamos de su filmografía, este es el caso de Silencio, que aunque parece más una película de Dreyer cuando uno
la ve la primera vez, tiene una cuestión muy de Scorsese, muy católica y
escéptica al mismo tiempo. Si borramos toda esa pésima secuencia final, la de
la ceremonia fúnebre de cura Rodrigues, nos queda la misma admisible reflexión
que en La última tentación. Rodrigues
es nuestro ubermensch, con él se resuelve la tensión entre la angustia de
existir y la existencia misma de Dios, claro que Rodrigues paga con la locura
la superación de lo sagrado, al final Jesús le habla, le dice que lo haga, pero
nunca se lo ordena, nunca fue un imperativo, casi que una sugerencia. Con la muerte de Jesús/Defoe lo que sigue es el silencio, un
silencio de espera, un silencio de que viene algo más, la nueva era del hombre
quizá, no sé. Zizek dice que no se puede ser realmente ateo a menos de que uno
viaje a través del cristianismo, o sea, que hay que pasar por la revelación para
darse cuenta de que Dios finalmente nunca habló, siempre se mostró omisivo y
silente porque nunca estuvo allí, así que Jesús resuelve todo esta situación
tan contrariante con su mensaje de amor y consecuente muerte, con la más irracional de las respuestas
posibles. Eso nos deja con dos opciones a elegir: o pagamos con la muerte la
existencia de un Dios, la compasión de nuestro padre, como lo hizo Garpe, o
pagamos con la locura nuestra propia libertad. En el clásico incombustible El Rey Lear, Shakespeare proclama que en tiempos
de calamidades los locos guían a los ciegos, le haría una corrección y me
atrevería a decir que en el crepúsculo de los tiempos -que son nuestros tiempos cabe señalar- los locos guían a los
ciegos. En mes de Ramadán, el sabio y poeta sufí, Rumi dijo que el ayuno era de vital importancia, esencialmente porque implicaba el mayor gesto de resignación y sumisión del pueblo musulmán, y era así, porque se puede diciplinar el cuerpo pero la mente jamás. Nuestra locura es una cuestión inminente.
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