domingo, 14 de mayo de 2017

El día de la madre siempre me remite a la infancia, de alguna manera u otra. Mi madre está de cumpleaños el día de las madres, así que siempre lo recuerdo, nunca se me ha olvidado saludarla por el sencillo hecho de que las fechas coinciden. Supongo que siempre me lleva a la niñez porque siempre vuelve  a mí el mismo recuerdo, las mismas imágenes. Cuando era niño no salía mucho a la calle, mi niñez probablemente sea un gran mosaico de películas, caricaturas y yo jugando solo o leyendo, eso principalmente, además donde vivía la gente no salía a la calle a jugar, así que mi interacción con otros niños estaba limitada a mis primos y mis compañeros de colegio. Mi madre fue la que me enseñó a leer, todavía me acuerdo de eso, todavía tengo en la cabeza el silabario, el libro de los tres amigos y esa colección de cuentos de Jacobo y Guillermo Grimm. El recuerdo que siempre vuelve es del día de las madres de hace no sé cuántos años atrás, a lo mejor veinte, quizá sea menos, no estoy seguro ahora que lo pienso. Cualquiera haya sido el tiempo, estaba yo en mi pieza y le había comprado una rosa a la Pamela, pero era una rosa chiquitita, era una chuchería, probablemente la compré porque me pareció bonita y el rojo es de los pocos colores que veo sin confundirme. Le di la pequeña flor plástica a mi madre, ella la sacó de la caja que la protegía y me dio un beso en la frente. Ese es todo el recuerdo, no hay más. Lo que siempre me gusta de éste recuerdo es que cuando yo compré el regalo nunca supe que el objeto en sí era un prendedor, así que cuando mi madre lo sacó de la caja me dio como pena, no entendí por qué había roto el paquete, en mi mente era una rosa adentro de un fanal -ya saben, como en La bella y la bestia-. Mi madre sacó la rosa de su envoltorio y después se la puso en la blusa, porque la rosa era un broche, al tiempo lo puso en un blazer que ocupaba en invierno cuando tenía que ir a enseñar reiki o yoga a juntas de vecinos y cosas así. Usó el broche años, debió encontrarle ese algo que yo igual le encontré, ese rojo intenso, tenía gotas de rocío, un rocío también plástico, además su tamaño era encantador.

La última vez que vi a la Pamela con ese broche es difuso, no podría precisar qué edad tendría, eventualmente se estropeó y creo que lo guardó o a lo mejor se perdió en alguno de los cambios de casa, quién sabe. Lo otro que recuerdo es que luego de entregarle el regalo volví a mi pieza, como dije antes, un poco apenado por lo del paquete de mi regalo. En mi melancolía recuerdo haberme puesto a ordenar en fila mis animales de juguete, tenía un montón de animales miniatura. Siempre que iba con alguno de mis padres a la zofri me quedaba viendo los animales plásticos, los vendían en set temáticos: la sabana, la selva, el desierto, la montaña, reptiles, animales marinos, el reino de las aves, osos y oseznos. Me di a la tarea de ordenarlos en filas, cuadrillas más bien, como si yo fuera Noé y tuviese que salvar a todos los animales plásticos del mundo del diluvio, un Noé de plástico, un Noé del futuro. Mi mamá entró a la pieza y vio lo que había hecho y supongo que le pareció gracioso, me imagino que la prolijidad con que ordené a los animales con sus parejas y el hecho de haber llenado el piso de figuras, igual ahora que lo pienso es gracioso, fue ahí cuando me di cuenta que la rosa era un broche. ¿A dónde voy con todo esto? No estoy muy seguro, pero siento que sigo haciendo lo mismo, o sea, uno cambia muy poco. Cuando era niño estaba obsesionado con tener todos los animales plásticos posibles, después fueron dinosaurios, los necesitaba tener todos y si salía un set con un animal o dinosaurio nuevo, aunque las otras cinco u once figuras ya las tuviera, allí iba yo por ellas. Me pasa lo mismo con los libros y más recientemente con las películas, me obsesiona verlas todas, es como una lucha que se desata dentro de mi alma, necesito bajar todas las películas de Bong Joon-ho, necesito ver todas las películas de Cassavetes o Jim Jarmusch. La gente no cambia mucho y cuando cambia siempre es decepcionante. Sigo queriendo completar mi colección y sigo queriendo a mi madre, eso es como invariable, me siguen dando miedo los extraterrestres y sigo en vela leyendo informes de abducciones en el Valle del Colca, todavía me da miedo pensar en esa película de Popeye contra Sindbad o la de los tres cochinitos, hace poco tuve una pesadilla y aparecían esos monos de la isla y el lobo disfrazado de ternerito. Nadie cambia demasiado, nadie se puede separar mucho de sí mismo, me imagino que a ti todavía te recorre un escalofrío cuando escuchas esa canción del gato blanco que vivía en la luna y todo eso. Supongo, sólo supongo, y parafraseando a Baudelaire, que me es muy complejo pensar en un tipo de belleza que no sea melancólica, que no tenga relación con el dolor.

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