viernes, 3 de febrero de 2017

Me ha costado escribir últimamente, o sea, tengo dificultades para comenzar, no tiene relación con ese horrendo concepto culiao de la página en blanco, porque de eso ya mucho tiempo. Sencillamente no pude descubrir la manera correcta de comenzar a decir lo que quería decir, no es que tenga muchas cosas que contar tampoco, son algunas pocas. De cualquier manera, me hubiese encantado partir diciendo que estaba  en medio de una conversación intrascendente, una de las miles de conversaciones sobre trivialidades o sobre cuestiones tan concretas y a mediano plazo que te provocan unas fatales nauseas llevar, y probablemente esa conversación imaginaria era con un primo con ya escasa conexión emocional o con algún compañero olvidado del colegio, muy posiblemente, en medio de ese intercambio poco estimulante, algo, un pequeño e intrascendente detalle, mi magdalena de Proust personal, iba a desatar una perorata infinita de gueas que aleatoriamente pienso, pero no pasó así, pero me hubiese encantado partir contando algo así.

Esta vez estaba con mi abuela, después de haber tomado té, todo muy bien hecho, fumándome un cigarro mientras contemplaba el horrendo paisaje que se ve fuera de los límites del patio del departamento de primer piso en que vive mi abuela. Ella me hablaba de los incendios, comentábamos la situación o al menos ella tenía unas cuentas cosas que decir y yo escuchaba y ocasionalmente lanzaba una frase, muy al estilo Fernando Pessoa mis acotaciones, muy no sé lo que nos traiga el mañana. Así que me puse a pensar en los incendios y en el horror del fuego y de que la gente dice que está viviendo un infierno, pero el infierno es frío, eso todos lo sabemos, el infierno es helado, solitario y silencioso, es indiferente y gélido, en el infierno uno está desnudo y hundido en un río por toda la eternidad, muy similar a ser vagabundo en Concepción el mes de agosto. La verdad, no sé qué cause los incendios, estos incendios por lo menos, no sé ni siquiera si me importe la causa de todas maneras, me imagino que como todo en la historia humana debe ser una macabra conjugación de avaricia y desinterés por los demás la razón de que todo se vuelva ceniza, pero me acordé de Incendies, me acordé de que si uno despoja a un ser humano de todo, absolutamente de todo, sólo queda el miedo, lo primigenio. Esa película es muy tragedia griega, muy absoluta en esos términos y eso es lo bello de esa historia tan terrible y eso es lo espantoso de ser persona también: el despojo, lo denigrante de una existencia tan temible, tan lejana a la compasión, tan movida por un sentimiento intermedio entre resentimiento y amor. En fin, mientras me acordaba de los incendios y de la película de Villaneuve y ese bus en llamas en medio del Líbano lleno de musulmanes, musulmanes siendo acusados del delito de ser musulmanes, pero el islam dominará y no será dominado, mientras pensaba todo eso me acordé de lo nefasto del calor y trabajar de sol a sol. Qué horroroso el calor, acá en Iquique ni siquiera es tan intenso, ni siquiera es que sea para el desmayo, pero he ido a andar en bicicleta, voy con mi amigo Moe, recorremos la ciudad de extremo a extremo, nos vamos por la costa, igual en parte es una excusa para drogarnos, pero transitamos por el mar, a veces me llega a dar la impresión de que Iquique es una isla, como en Moana, pero a lo que quería llegar es que mientras iba andando con mi amigo veía a los taxistas dentro de sus autos, dentro de esos féretros de latón que me imagino deben tener una temperatura atroz, con esas mangas que se ponen en el brazo izquierdo, como si fueran pollos de esas cocinerías peruanas y se lo comento a mi amigo y le da risa, a mi igual me da risa, pero me da pena después, porque de alguna u otra manera un taxista dentro de un taxi a una temperatura de, digamos, treinta grados –dentro del automóvil debe ser más caluroso aun- trabajando ocho o doce horas, ese hombre se debe cocinar, debe generarse algún proceso de cocción, esa persona en algún momento va estar lista, o sea, si esa persona sostiene ese trabajo durante dos o tres meses, llegado marzo va a estar listo, a punto. Eso me recuerda la película de Peter Greenaway de la tipa que se enamora del chef, qué buena que es esa película y cuando la galla se venga de la muerte de su amante es inmenso, peliculón. Igual he notado que con el tiempo me emocionan más las películas, los nudos dramáticos o intersticios emotivos como que con el pasar de los años me aprietan más la garganta, incluso el año pasado cuando dieron esa lista de hueones que se murieron ese año en la premiación de los Oscar me empezó a dar harta pena, igual cuando vi esa entrevista de la Gena Rowlands sobre qué era el cine para ella me dieron ganas de ponerme a llorar, cuando habla de su esposo, de cuando filmaron Una mujer bajo la influencia o Gloria que había sido horrible y hermoso a la vez, porque el éxtasis real quema dijo Bolaño, esa guea es verdad, es súper cierto, y lo que hicieron ellos es lo más cercano a lo que los hombres denominamos amor o arte o amor al arte o no sé, ya creo que me perdí, es que llevo tiempo revisando esa película, creo que siempre vuelvo a esa película, es como Paris, Texas que la veo como una vez al mes, aunque sea una parte, vuelvo a los diálogos, siempre regreso y las reviso, no es que busque algo, no sé qué pretendo para ser sincero, pero es que me acuerdo de esa primera escena, ese plano del desierto, tan extenso, como de ese poema de Zurita, helo allí, helo allí, suspendido en el aire, y aparece Harry Dean Stanton caminando y se le termina el agua y va a esa especie de estación y cuando traga hielo se desmaya, así parte esa película, y la de Cassavetes parte con los tipos saliendo del trabajo, del esposo hablando de su esposa y también está esa escena maravillosa cuando Mabel va a buscar a sus hijos y tiene esa conversación con ellos en el pórtico de la casa, de si está loca, siempre que la veo me dan ganas de ponerme a llorar, se me espesan los ojos, creo que esa película me voló la cabeza, a veces creo que ya no tengo nuca ni cráneo, que todo se fue con esa película, aparte esas tomas saturadas al punto del desenfoque, por la chucha qué hermosa, me dan ganas de derrumbarme acá mismo, si eso no es arte y amor, yo no sé qué es entonces. El arte tiene que conmover, tiene que comunicar, eso es vital, cuando me puse a leer la entrevista de Zurita de que los poetas deben volver al olimpo, estuve de acuerdo con él, neuróticamente de acuerdo. Gonzalo Contreras dijo que las grandes novelas del siglo veinte eran el Ulises y En busca de tiempo perdido, que eran novelas que trataban del tiempo, eso es muy de la modernidad, es demasiado un síntoma de la modernidad, pero yo de corazón pienso que una de las grandes novelas del siglo veintiuno, aunque se escribió en el anterior, es Los detectives salvajes y esa novela no se trata de absolutamente nada, de hecho yo he leído críticas como las de Marks o de la Carolina Navarrete que dicen que en verdad no es una novela, que es cualquier mierda menos una novela, pero en verdad es porque es demasiado vanguardista, no es material para que los mierdas del mundo digan que no es una novela porque no tiene la construcción formal de una novela, es una novela de poetas, poetas escribiendo de poetas, de poetas llenándose de poesía, es como cuando Capote dice que On the road no es una novela, que lo que había hecho Kerouac era apiñar palabras, pero qué falta de poesía por Dios, acaso no queda sensibilidad en el mundo, acaso alguien duda por un segundo que ese libro o que Los vagabundos del dharma no son novelas, es que qué mierda importa de todas formas si es o no una novela, si cumple o no con la sintaxis adecuada, yo cuando leía el tercer tomo de Cantares de Ezra Pound no pude descifrar qué chucha pretendía escribiendo eso ni yo leyéndolo, qué pasó por la cabeza de ese tipo, haciendo poemas en ingles con métrica Han, pero saben, es hermoso y nadie duda en la actualidad que la poesía moderna casi que la inventó Ezra Pound. A veces los gestos no se entienden, inclusive yo no entiendo bien qué estoy escribiendo ahora mismo, me perdí, a veces las cosas son muy Arrival, eso pensé mientras escribía esto, esa película es la confirmación total de que Williams Burroughs, además de un hueón rarísimo y un drogadicto y un escritorazo, era un profeta, porque cuando salí del cine me fui pensando todo el rato en que el lenguaje es un virus del espacio exterior, el lenguaje es un virus del espacio exterior, el lenguaje es un virus del espacio exterior. Quizá los poetas no tienen que volver al olimpo, tienen que volver a su planeta, a Nibiru o Hercólobus o el milenio de plata o quizá el olimpo es un planeta como en ese capítulo de Star Trek. Ya no sé a dónde iba.

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