Me ha costado escribir últimamente, o sea, tengo
dificultades para comenzar, no tiene relación con ese horrendo concepto culiao
de la página en blanco, porque de eso ya mucho tiempo. Sencillamente no pude descubrir
la manera correcta de comenzar a decir lo que quería decir, no es que tenga
muchas cosas que contar tampoco, son algunas pocas. De cualquier manera, me
hubiese encantado partir diciendo que estaba
en medio de una conversación intrascendente, una de las miles de
conversaciones sobre trivialidades o sobre cuestiones tan concretas y a mediano
plazo que te provocan unas fatales nauseas llevar, y probablemente esa
conversación imaginaria era con un primo con ya escasa conexión emocional o con
algún compañero olvidado del colegio, muy posiblemente, en medio de ese
intercambio poco estimulante, algo, un pequeño e intrascendente detalle, mi
magdalena de Proust personal, iba a desatar una perorata infinita de gueas que
aleatoriamente pienso, pero no pasó así, pero me hubiese encantado partir
contando algo así.
Esta vez estaba con mi abuela, después de haber tomado té,
todo muy bien hecho, fumándome un cigarro mientras contemplaba el horrendo
paisaje que se ve fuera de los límites del patio del departamento de primer
piso en que vive mi abuela. Ella me hablaba de los incendios, comentábamos la
situación o al menos ella tenía unas cuentas cosas que decir y yo escuchaba y
ocasionalmente lanzaba una frase, muy al estilo Fernando Pessoa mis
acotaciones, muy no sé lo que nos traiga
el mañana. Así que me puse a pensar en los incendios y en el horror del
fuego y de que la gente dice que está viviendo un infierno, pero el infierno es
frío, eso todos lo sabemos, el infierno es helado, solitario y silencioso, es
indiferente y gélido, en el infierno uno está desnudo y hundido en un río por
toda la eternidad, muy similar a ser vagabundo en Concepción el mes de agosto. La
verdad, no sé qué cause los incendios, estos incendios por lo menos, no sé ni
siquiera si me importe la causa de todas maneras, me imagino que como todo en
la historia humana debe ser una macabra conjugación de avaricia y desinterés
por los demás la razón de que todo se vuelva ceniza, pero me acordé de Incendies, me acordé de que si uno
despoja a un ser humano de todo, absolutamente de todo, sólo queda el miedo, lo
primigenio. Esa película es muy tragedia griega, muy absoluta en esos términos
y eso es lo bello de esa historia tan terrible y eso es lo espantoso de ser
persona también: el despojo, lo denigrante de una existencia tan temible, tan
lejana a la compasión, tan movida por un sentimiento intermedio entre resentimiento
y amor. En fin, mientras me acordaba de los incendios y de la película de
Villaneuve y ese bus en llamas en medio del Líbano lleno de musulmanes,
musulmanes siendo acusados del delito de ser musulmanes, pero el islam dominará
y no será dominado, mientras pensaba todo eso me acordé de lo nefasto del calor
y trabajar de sol a sol. Qué horroroso el calor, acá en Iquique ni siquiera es
tan intenso, ni siquiera es que sea para el desmayo, pero he ido a andar en
bicicleta, voy con mi amigo Moe, recorremos la ciudad de extremo a extremo, nos
vamos por la costa, igual en parte es una excusa para drogarnos, pero
transitamos por el mar, a veces me llega a dar la impresión de que Iquique es
una isla, como en Moana, pero a lo
que quería llegar es que mientras iba andando con mi amigo veía a los taxistas
dentro de sus autos, dentro de esos féretros de latón que me imagino deben
tener una temperatura atroz, con esas mangas que se ponen en el brazo izquierdo,
como si fueran pollos de esas cocinerías peruanas y se lo comento a mi amigo y
le da risa, a mi igual me da risa, pero me da pena después, porque de alguna u
otra manera un taxista dentro de un taxi a una temperatura de, digamos, treinta
grados –dentro del automóvil debe ser más caluroso aun- trabajando ocho o doce horas, ese
hombre se debe cocinar, debe generarse algún proceso de cocción, esa persona
en algún momento va estar lista, o sea, si esa persona sostiene ese trabajo
durante dos o tres meses, llegado marzo va a estar listo, a punto. Eso me
recuerda la película de Peter Greenaway de la tipa que se enamora del chef, qué
buena que es esa película y cuando la galla se venga de la muerte de su amante
es inmenso, peliculón. Igual he notado que con el tiempo me emocionan más las
películas, los nudos dramáticos o intersticios emotivos como que con el pasar
de los años me aprietan más la garganta, incluso el año pasado cuando dieron esa
lista de hueones que se murieron ese año en la premiación de los Oscar me empezó
a dar harta pena, igual cuando vi esa entrevista de la Gena Rowlands sobre qué
era el cine para ella me dieron ganas de ponerme a llorar, cuando habla de su
esposo, de cuando filmaron Una mujer bajo
la influencia o Gloria que había
sido horrible y hermoso a la vez, porque el éxtasis real quema dijo Bolaño, esa
guea es verdad, es súper cierto, y lo que hicieron ellos es lo más cercano a lo
que los hombres denominamos amor o arte o amor al arte o no sé, ya creo que me
perdí, es que llevo tiempo revisando esa película, creo que siempre vuelvo a
esa película, es como Paris, Texas
que la veo como una vez al mes, aunque sea una parte, vuelvo a los diálogos,
siempre regreso y las reviso, no es que busque algo, no sé qué pretendo para
ser sincero, pero es que me acuerdo de esa primera escena, ese plano del
desierto, tan extenso, como de ese poema de Zurita, helo allí, helo allí, suspendido en el aire, y aparece Harry Dean
Stanton caminando y se le termina el agua y va a esa especie de estación y
cuando traga hielo se desmaya, así parte esa película, y la de Cassavetes parte
con los tipos saliendo del trabajo, del esposo hablando de su esposa y también está
esa escena maravillosa cuando Mabel va a buscar a sus hijos y tiene esa conversación
con ellos en el pórtico de la casa, de si está loca, siempre que la veo me dan
ganas de ponerme a llorar, se me espesan los ojos, creo que esa película me
voló la cabeza, a veces creo que ya no tengo nuca ni cráneo, que todo se fue
con esa película, aparte esas tomas saturadas al punto del desenfoque, por la
chucha qué hermosa, me dan ganas de derrumbarme acá mismo, si eso no es arte y
amor, yo no sé qué es entonces. El arte tiene que conmover, tiene que
comunicar, eso es vital, cuando me puse a leer la entrevista de Zurita de que
los poetas deben volver al olimpo, estuve de acuerdo con él, neuróticamente de
acuerdo. Gonzalo Contreras dijo que las grandes novelas del siglo veinte eran
el Ulises y En busca de tiempo perdido, que eran novelas que trataban del
tiempo, eso es muy de la modernidad, es demasiado un síntoma de la modernidad,
pero yo de corazón pienso que una de las grandes novelas del siglo veintiuno,
aunque se escribió en el anterior, es Los
detectives salvajes y esa novela no se trata de absolutamente nada, de
hecho yo he leído críticas como las de Marks o de la Carolina Navarrete que
dicen que en verdad no es una novela, que es cualquier mierda menos una novela,
pero en verdad es porque es demasiado vanguardista, no es material para que los
mierdas del mundo digan que no es una novela porque no tiene la construcción
formal de una novela, es una novela de poetas, poetas escribiendo de poetas, de
poetas llenándose de poesía, es como cuando Capote dice que On the road no es una novela, que lo
que había hecho Kerouac era apiñar palabras, pero qué falta de poesía por Dios,
acaso no queda sensibilidad en el mundo, acaso alguien duda por un segundo que
ese libro o que Los vagabundos del dharma
no son novelas, es que qué mierda importa de todas formas si es o no una
novela, si cumple o no con la sintaxis adecuada, yo cuando leía el tercer tomo
de Cantares de Ezra Pound no pude descifrar
qué chucha pretendía escribiendo eso ni yo leyéndolo, qué pasó por la cabeza de ese tipo,
haciendo poemas en ingles con métrica Han, pero saben, es hermoso y nadie duda
en la actualidad que la poesía moderna casi que la inventó Ezra Pound. A veces
los gestos no se entienden, inclusive yo no entiendo bien qué estoy escribiendo
ahora mismo, me perdí, a veces las cosas son muy Arrival, eso pensé mientras escribía esto, esa película es la confirmación
total de que Williams Burroughs, además de un hueón rarísimo y un drogadicto y
un escritorazo, era un profeta, porque cuando salí del cine me fui pensando
todo el rato en que el lenguaje es un
virus del espacio exterior, el lenguaje es un virus del espacio exterior, el lenguaje es un virus del espacio exterior. Quizá
los poetas no tienen que volver al olimpo, tienen que volver a su planeta, a Nibiru o Hercólobus o el milenio de plata o quizá el olimpo es un planeta como en ese capítulo de Star Trek. Ya no sé a
dónde iba.
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