Tuve
un sueño contigo. Aunque no podría definir el lugar donde estábamos, recuerdo
verte desnuda, recuerdo mis manos recorriendo tu cuerpo. Primero los pies y
luego subía por tus piernas hasta llegar a los muslos, tocaba tus estrías, cada
uno de los surcos, eran como las vetas de un madero, memoricé cada línea,
cada centímetro, para oprimirlos hacía mí. Pensé, de qué árbol será este leño,
de seguro uno viejo, un cerezo o quizá un olmo. Subí por tu cuerpo, con mi dedo
anular transitaba las cuencas de tu espalda, realizando un ejercicio de
fricción o buscando un bache. Sentí que paseaba por los pasillos de una pagoda
hecha de esa misma madera, de tablas y remaches fabricados con tu carne. Posé
mi mano completa en tu cuello, buscando los espacios lisos detrás de tus orejas, y mis brazos eran un solo junco y tu pelo agua acantilada fluyendo hacia un
nido de mosquitos. Pero supe continuar, rodeé tus delicados pechos y llegué
hasta el nido, incluso me detuve en tu ombligo a poner una moneda. Cuando mis yemas sintieron el borde de tus caderas, palpé la
roca y me detuve, sólo dejé mis antebrazos descansar sobre el interior de tus
piernas. Creo que buscaba algo que no supe qué era hasta encontrarlo. Podía
verte infinitamente superpuesta a ti misma, demostrando que los sueños y los
recuerdos están hechos de un mismo material, pero que a veces tamizamos.
Recuerdo un cuchillo y con ese cuchillo recortaba lo sobrante de mi barba.
Recuerdo los vidrios de tus lentes y la tierra de tus parpados. Recordé cuando
Andrei muere enfermo. Recordé
varias cosas que perfectamente pude haber soñado, pero sobre todo recordé tu
cara, siempre recuerdo tu rostro, supongo que es imposible que olvide nuestro
rostro, y a esa altura ya no había junco ni estero que llegara a ningún nido,
ahora sólo había mar. No habrá lugar donde no esté contigo, porque en
verdad Allah es bello y ama la belleza. Porque me
abandono por las noches a mis sueños, tuve un sueño contigo.
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