A veces, los lugares me parecen
tan reducidos, tan carentes. A veces la vida parece transcurrir constantemente
en habitaciones pequeñas, con techos bajos, incluso el exterior parece una
habitación pequeña. Las vidas de todos son un ir y venir de habitación reducida
tras habitación reducida, entran y salen, se conciertan, ven televisión, comen
y lloran en habitaciones pequeñísimas, como el mito de la cámara de guf: se
llena la cámara, se vacía la cámara. Tirado en medio del pasto, herido
superficialmente, el cielo parece insignificante, pobremente coloreado, obscuro
e insolvente. A veces, la experiencia de la vida humana pesa de una manera
horrible, lo patético que son los accidentes y conveniencias propias del
existir, del vivir en sociedad, lo patético que se ve ese tránsito de
habitaciones cuando uno se pone a pensarlo. Todo me parece patético y reducido,
diminuto. Tengo alma de vaquero espacial, en la serie se dice que su
protagonista con uno de sus ojos sólo podía ver hacia el pasado. A mí me parece
perfecto, cómodo de alguna manera, a final de cuentas ninguno de nosotros,
nadie que conozca, va poder ver naves de ataque en llamas más allá de Orión, hay
que aprender a vivir con ese indesmentible hecho. El brillo de las fiestas
institucionales siempre me ha dado un poco de asco, las fiestas institucionales
son un poco asquerosas, siento que reducen absolutamente todo, me parece gracioso
cuando yo reduzco a la gente, las palabras de la gente, pero me da vergüenza ajena
y rechazo cuando ustedes se reducen a ustedes mismo. No es que haya perdido fe
en la comedia, es otra cosa, es como si no tuviera gracia, como ser la última muñeca de la matrioska.
En fin, tirado en medio del
pasto, ligeramente herido, me levanté y caminé a comprar cigarrillos. Fui
caminando lento de vuelta a mi casa, tenía esa sensación de habitación pequeña
que contaba, fui examinando charco por charco de agua, la conversación con Catalina
me había dejado mal, no me deseaba mojar más. Toqué las llaves de mi bolsillo,
apagué el cigarrillo, vi a Milu llamarme, contesté el teléfono a metros de
ella, luego colgué porque era estúpido hablar de tan cerca, ella tenía un cojín
en la mano, un cojín en forma de rosquilla. Me reí, nos reímos el resto de la
noche que quedaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario