lunes, 1 de junio de 2015

A veces, los lugares me parecen tan reducidos, tan carentes. A veces la vida parece transcurrir constantemente en habitaciones pequeñas, con techos bajos, incluso el exterior parece una habitación pequeña. Las vidas de todos son un ir y venir de habitación reducida tras habitación reducida, entran y salen, se conciertan, ven televisión, comen y lloran en habitaciones pequeñísimas, como el mito de la cámara de guf: se llena la cámara, se vacía la cámara. Tirado en medio del pasto, herido superficialmente, el cielo parece insignificante, pobremente coloreado, obscuro e insolvente. A veces, la experiencia de la vida humana pesa de una manera horrible, lo patético que son los accidentes y conveniencias propias del existir, del vivir en sociedad, lo patético que se ve ese tránsito de habitaciones cuando uno se pone a pensarlo. Todo me parece patético y reducido, diminuto. Tengo alma de vaquero espacial, en la serie se dice que su protagonista con uno de sus ojos sólo podía ver hacia el pasado. A mí me parece perfecto, cómodo de alguna manera, a final de cuentas ninguno de nosotros, nadie que conozca, va poder ver naves de ataque en llamas más allá de Orión, hay que aprender a vivir con ese indesmentible hecho. El brillo de las fiestas institucionales siempre me ha dado un poco de asco, las fiestas institucionales son un poco asquerosas, siento que reducen absolutamente todo, me parece gracioso cuando yo reduzco a la gente, las palabras de la gente, pero me da vergüenza ajena y rechazo cuando ustedes se reducen a ustedes mismo. No es que haya perdido fe en la comedia, es otra cosa, es como si no tuviera gracia, como ser la última muñeca de la matrioska.


En fin, tirado en medio del pasto, ligeramente herido, me levanté y caminé a comprar cigarrillos. Fui caminando lento de vuelta a mi casa, tenía esa sensación de habitación pequeña que contaba, fui examinando charco por charco de agua, la conversación con Catalina me había dejado mal, no me deseaba mojar más. Toqué las llaves de mi bolsillo, apagué el cigarrillo, vi a Milu llamarme, contesté el teléfono a metros de ella, luego colgué porque era estúpido hablar de tan cerca, ella tenía un cojín en la mano, un cojín en forma de rosquilla. Me reí, nos reímos el resto de la noche que quedaba.

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