El dolor
se infiltró en su corazón como si fuera a romperlo en un millón de pedazos, su
contenido fluía como promesas rotas en los lugares vacíos que no podía llenar. ¿Cómo
sabría que ese dolor tenía fin? Que el amor a diferencia de la materia visible
o la energía tiene reservas infinitas en el universo, un germen que crece de la
nada y que no puede ser erradicado ni del más oscuro de los corazones. Si ella
hubiese sabido eso y quién sabe hasta lo hubiese creído de verdad, no se
hubiera arriesgado a permanecer en esa triste tumba durante el resto de su vida, así ella no habría comprendido la segunda verdad antes que la primera:
que sentir amor es como llevar una jarra que puede ser perdida o robada, o peor
aún, derramada como sangre en el suelo y de que el amor no es inmutable y puede
transformarse en odio y asco como el día cambia a la noche y como la muerte
deviene de la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario