El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.
El Albatros – Charles Baudelaire
Digamos que los sentimientos, la expresión de emocionalidad humana, más allá de la proyección que tenga en el sujeto – me refiero a las particularidades, las características más íntimas de una u otra persona, su banal singularidad- contienen un potencial de entendimiento binario, binarismo que represento a través de la infinita abyección entre poeta y filisteo. Así, de ejemplo, el Desafío de Goliat debe ser de las más distintivas expresiones en la literatura sobre este punto. Para ser más profano y terreno lo ilustraré de esta manera: Ante el humano sentimiento de la remembranza, habrán algunos que con nostalgia esperarán que transmitan una vez más alguno de los vulgares capítulos de Dragon Ball Z o Robotech, habrán otros que – entre los que me incluyo- luego de esta pedestre evocación, sobre caricaturas de animación oriental, sentirán en el pecho finalmente el saudade: frío, descolgado e imperfecto, como Mi Bohemia.
¿Cuál es la separación compresiva entre el poema de Rimbaud y un capítulo de Sailor Moon? Pues bien, aquí me detengo. Pues para el poeta la línea que los separa es difusa e insufrible, lo que yo denomino pretenciosamente como el ovillo de bramante. En cambio para Goliat siempre existirá un muro blanco, una pared hecha de algodón de azúcar, pero esta, contra todo pronóstico, al igual que todo en la vida del pueblo de Gat, parecerá dulce pero será acre, este es el muro que describe tan soberanamente Charles Cros, un muro blanco, con un clavo en la punta y de él un hilo que deja colgando un arenque ahumado.
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