La muchacha esa vez me dijo que siempre seguiría ahí para ella, no para precisamente la otra muchacha. Esos docientos años para qué sirvió y todo ese montón de cosas. Seguiré, porque según ella lo sabe, como recuerdo indeleble de lo que alguna vez fue y sintió, de lo que siempre quiso sentir o quiso hallar en un samurai o en un vaquero, hasta en el mejor de mis planteamientos teóricos un bellísimo cowboy espacial.
No quiero emparentarme con eso, siento y vivo más el sencillo asco, el que hablan los libros de gramática española de esas dos profesoras que no recuerdo. A veces, admito que sí. Igual, da lo mismo, estaban todos los comensales borrachos, de hecho yo tropecé dos o tres veces en ese lugar perdido de Hualpén.
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