Me acuerdo que caminamos Maipú largo rato, vimos unos vagabundos y conversamos sobre lo que habían dado ese día en la tele. Cuando llegamos donde estaban los muchachos nos sentamos y respiramos hondo, supongo que en todo el transcurso obviamos el delicado hecho de estar en peligro, el peligro de morir apuñalados, de morir de la forma más brutal en alguna de las esquinas miserable de Maipú. Me hablaste del poema de Teillier y unos perros, de la cocaína en el baño y si me seguía doliendo la cabeza.
Me acuerdo que tenías frío ese noche, de que siempre tienes frío. Me gusta la estructura de tu cara y cuando coses al borde de la cama. En algún momento de la mañana de ayer o la de ese día me fijé detalladamente en cada tatuaje, los traté de memorizar infructuosamente.
Me gusta esa imagen del hombre caminando por espacios que no le son propios, de pisos que se agujerean, que se llenan de margenes. No hay nada que aprender de ellos, no hay absolutamente nada que aprender, solamente queda el interlineado de tu cabello pelirrojo.
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