Y estábamos fumando en el balcón los dos. Siempre me imaginé al vecino, del departamento de abajo, viendo las colillas caer como si fueran luciérnagas; hembras y machos apareándose, aprovechando su último día, cometiendo el último acto de gracia de sus vidas. Extinguiéndose. Concluyendo.
Las luces del puerto iban y venían, habíamos tomado mucho ron. Cogí los Clubmaster y los guardé en el bolsillo, retrocedí unos pasos y corrí a vomitar al baño. Cuando regresé sentía los vidrios en la espalda en los médanos de Francisco Bilbao, mirando directo a la luna cuando se ve tan llena que parece que se va hundir en el mar. Me dijiste que la ola iba a ser tan grande que sobrevivir era un acto de estupidez, que la sensación de las gotitas caer un segundo antes iba valer la pena lo suficiente, así me fui componiendo un poco y volví a fumar en el balcón.
Quizás el balcón seguía ahí, el cielo y la luna seguían ahí y hasta inclusive mi vida también seguía ahí, pero, y sólo talvez, lo más importante es que el vecino seguía ahí, viendo las luciérnagas o las polillas caer muertas piso abajo como plumas o papel picado. Tal y como tú en tu piecita blanca, Alfonso.
Hay que cambiar las sábanas sino se pone todo muy hediondo o petrífico o pestilente.
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