Juan Lepe Aguilera se puso de píe en el plató, miró al público que estaba sentado en las graderías y se echó a llorar. Estaba conmovido por el aniversario de la organización, así que cometiendo el absurdo más grande que el universo iría a conocer, levantó el puño izquierdo y cantó suavecito la Internacional.
Juan Lepe Aguilera, militante convencido, militante poco comprometido con el lugar donde nació y vivió, gran cultor de los clichés eternos de las Juventudes Comunistas de Chile fue a los entierros, manifestaciones, fiesta, velorios, conversatorios, colectas, memoriales y tumbas que existieron alguna vez. Cantó lo simple y lo blando, pintó y patrulló la calle de Rozas cerca de la Plaza Arica.
Juan Lepe Aguilera será siempre el ejemplo indeleble de las risas de carabineros.
Juan Lepe Aguilera no era más que un conchesumadre, un residuo amargo de una generación purulenta, un germen bastardo de la conciencia campestre del militante saco gueas. Porque, Juan Lepe Aguilera, es un desnaturalizado, un facilismo clásico de chapitas mal hechas, de vino mal azucarado.
Quizás Juan no sabía qué hacer, no sabía quién era, ni sabía algo muy trascendente sobre cualquier cosa pero sabía perfectamente que donde quedaba la casa del Negro se vendía copete después de las dos de la mañana.
Juan representa el ignis, la tristeza y la muerte, el absurdo y las ganas de construir una sociedad mejor a punta de maní salado y Manquehuito. Joven altruista y responsable de sí mismo, ganador de la yincana siete veces, y contando.
Juan Lepe Aguilera es una insignia de la horizontalidad, un emblema del pueblo llano, un prócer de la patria y del movimiento obrero-popular de chile. Dios lo acompañe.
Juan Lepe Aguilera, hecho trizas por el once de septiembre, revuelto por la injusticia y la deslealtad de la clase dominante, se lanzó a batallar contra el bastión que asaltaba la población El Morro, fue ahí cuando lo atraparon, fue así como cayó en Pisagua.
Fue con las manos de Juan Lepe Aguilera con las que sacaron las piedras en las costas de Pisagua, fue con la fragilidad de su mente con la que metieron esos fierros calientes en la vagina de Luchita Millán Palape, fue con su silencio que le dejaron la cara con gesto de rencor, fue con su culpa con la que hicieron que Rodrigo Araya Matus tuviese sexo con su hija mayor. Y yo me pregunto: tanto golpe, tanto sufrimiento, tanto dolor, tanto rencor, tanta sangre. Se ensañaron tanto con Juan Lepe, acaso no sabían que era un pobre y triste hueón más, acaso no sabían que era el abuelo de mi amigo. La respuesta es más que obvia, compañero.
Juan (...) no era más que un conchesumadre, un residuo amargo de una generación purulenta, un germen bastardo de la conciencia campestre del militante saco gueas. Porque, Juan Lepe Aguilera, es un desnaturalizado, un facilismo clásico de chapitas mal hechas, de vino mal azucarado.
ResponderEliminarTodo calza Enzo.
Que poderoso el nombre Juan
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