domingo, 18 de enero de 2015

Me caes bien, siempre me resultaste simpático, agradable. Te he visto un par de veces en la calle, te saludo, me saludas, ningún problema. Eres un buen tipo, eso precisamente. Lo terrible es que el planeta está lleno de buenos tipos, de gente que camina como tú y se expresa de la forma en que tú lo haces. Por otra parte, el mundo está repleto de malos tipos, por ejemplo, sin ir más lejos, yo soy un mal tipo - aunque el juicio final no pueda generarlo yo mismo-, no malo en un sentido ético formal, como la definición kantiana, sino de otra forma. Por eso mi sistema de proyección semántica sea más cercano a la parodia y el tuyo sea tan nulamente figurativo, tan lejano de un relato, ninguno mejor que el otro y ni siquiera en paralelo. Sencillamente, escuelas distintas de hacer humor. Claro que el último chiste, la última de mis bromas no te pareció divertida, y es obvio, si insulté y me reí de tu amiga - en el tiempo en que compartimos me dio la impresión de que tu amiga era más bien un arquetipo autogenerado, como los personajes de las novelas de Bataille-. Qué más da, la comicidad no respeta las burdas leyes de la convivencia humana, o presente o ausente, no existen las medias risas ni las medias bromas. Yo me río y tú lloras, no puede ser de otra forma.

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