domingo, 10 de noviembre de 2013

Cuando era niño, muy niño, vivía en la calle Bolivar, dentro de un barrio de gente retirada, familias de clase media e inmigrantes. La vida circulaba excelente cuando era niño, hablaba solo una parte del día y la otra jugaba con mis primos que vivían frente a la casa de mi abuela, que era la casa donde yo y mis padres vivíamos. Pasábamos la tarde jugando en el corralón, que era esencialmente un llano donde se estacionaban camiones y se descargaba pescado del puerto para ser llevado al Mercado de Iquique. Subíamos a la vieja camioneta Chevrolet del abuelo de mis primos, perseguíamos perros y organizábamos guerras de agua. Con el tiempo, comenzaron a ser más los niños con que jugábamos, dejamos de ser sólo mis primos y yo, cuestión que no importa la verdad, lo trascendente es un niño de esos en particular. No tengo tanta lucidez del recuerdo preciso en que conocimos a Felipe, pero supongo que fue en el momento precisos de nuestras vidas, por lo menos en el mejor momento de nuestras vidas.

Tengo recuerdos de Felipe subiendo sobre las bandejas de pescados apiladas, sacándose la polera, ondeándola y en el pecho una delgadísima gargantilla que presumo era de oro. Debió llegar un día de verano, un poco antes del carnaval del barrio Matadero. En fin, con los meses, ignoro cuántos, fuimos haciéndole caso a Felipe. En un principio aceptamos sus sugerencias, pero con el tiempo se erigió como líder y referente del grupo. Así que lo seguimos, dudo que a fe ciega, pero teníamos enorme confianza en sus decisiones. Felipe no vivía en la misma calle que nosotros, vivía a la vuelta de la nuestra, en la calle San Martín, por eso lo denominábamos como Felipelavuelta, supongo que poco a poco el ilativo de fue desapareciendo y sólo quedó -lavuelta en vez de -delavuelta, explicación que no se dirige a ninguna parte porque además no existía ningún otro Felipe, por lo menos otro miembro al que se le denominara sencillamente Felipe que yo recuerde.

Yo de modo invariable tuve fe en Felipe, a fin de cuentas fue al primer par al que juré fidelidad y compromiso, pero aquella que se genera del contrato entre dos niños. Pienso que en ese momento fue mi único amigo, lo que quiero decir es que fue el primero y eso tiene cierta profundidad no deseada en mí, no puedo dejar de entender a Felipe como un sujeto medio profético en mi vida, una especie de Abraham personal. Considerar mi historia alguna vez para ser contada obliga a remontarse a este hecho como fundacional de mi humanidad. Cuando intento pensar en lo que pasó después me es complicado, no puedo encontrar la razón de por qué Felipe desapareció de mi vida y de la vida de todos, quizás se enojó o se cambió de barrio, no lo logro recordar bien. Pero ciertamente, Felipe continuará siendo mi amigo o lo recordaré como tal, aunque ahora sea skinhead y viva en una casa en situación de ocupación ilegal, existe de forma extraña en una parte de mi mente, aunque ya no tengamos absolutamente nada de qué hablar ni ganas de jugar a la pelota.

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