De
niño nunca pude entender el laberinto de la continuidad y la
discontinuidad, nunca pude entender donde precisamente íbamos y por
qué nos seguía la luna cuando andábamos en auto. Me acostaba en la
cama apretándome los ojos con los dedos y se sentía como si pudiera
viajar al interior del cuerpo, casi sentía cuando pasaba por el
estómago o cuando todo terminaba a la altura de los riñones. Luego,
entendí que nunca había estado de viaje al interior de la carne,
del núcleo mamífero padre del erotismo rey. Siempre transité en el
espacio, era el lugar por donde me movía, dónde me encontraba.
El
espacio me crea problemas de orientación y referencia. Ahora,
clavado al planeta, en las vísceras del templo más grande que
intelecto humano pudo construir, no me queda claro en qué lugar se
ubica la derecha y en cuál la izquierda, hacia dónde gira la Tierra
en definitiva.
Es de
crucial importancia creer en el mecanismo de discontinuidad que se
sulfura en la muerte y la creación de los animales sin cola, el
universo, el cían, magenta y amarillo. Los colores que no entiendo,
pero que intuyo en tono de grises y terracotas suaves.
Mi
abuela decía que la tierra no existía, por lo menos no existió.
Era ahí que, en ese entonces, constaban tres dioses o cinco dioses o
trece dioses o cualquier número de dioses, que para estos efectos no
importa. Hubo un tiempo cuando los tres o veinte dioses decidieron
por el caos, hasta que un dios quedó embarazado. Los dioses no
creaban, no mataban ni creían en ellos mismo ni en nosotros. Cuando
el dios preñado quiso dar a luz se dio fin al caos, eso decidieron
los otros doce o dos, no sin antes fulminar al quedado encinta. Así
que antes de parir éste trató de defender sus ovarios, entrañas y
sus dos bellos brazos, pero los otros le cortaron la cabeza.
Con
una daga le atravesaron el cerebro y el dios decapitado cerró los
ojos. La daga pasaba por su cuello y abría la cuenca de su cráneo
como la cruz del Gólgota. Así fue que sangró y sangro y siguió
sangrando. La sangre caía en líneas rectas, entonces nacieron los
números y los rayos al infinito cartesiano y ptolomeico, así la
daga se fue afinando hasta convertirse en un cuchillo y la empuñadura
en astrolabio, cuarzo y metro - en esos momentos de la historia yo me
callaba y tomaba té con miel o azúcar, dependiendo de la
temporada-, pero los sobrevivientes tenían que recoger la sangre que
escurría eterna, y fue que hubieron que tomar la columna del occiso
y nacieron los trópicos, las balsas y la vulgaridad. Y la sangre
dejó de caer y nacieron las cruces, los cementerios, la vida y el
desnudo. La sangre hirvió y se transformó en costra, tierra, monte
y el vació generó el mar y los ríos. Lo que quedó en el estado
medio fueron coral e hipocampo. Del coral las esponjas y de las
esponjas los animales que buceaban. Con las entrañas decidieron
rescatar el oxigeno y el viento, así nació lo que estaba arriba y
lo que estaba abajo y a la izquierda. La cuchilla se alivianó y
adoptó la forma de una aguja larga y con el tope nacieron las ratas
y los cerdos. Las ratas se levantaron y comenzaron a fumar, construir
industrias y usar vestidos; con el ojo de la aguja lo que estaba
arriba se coloreo de azul y la sangre fría le copió. Los dioses
vieron los brazos y antes que se descompusieran los descompusieron
ellos. Un brazo se contrajo en terremoto, envidia y minerales
preciosos y al otro lo unieron con la aguja y taponearon el centro de
la tierra para siempre. Tomaron las manos y le dieron cuerpo al ser
humano que exterminó a las ratas con sombrero. Los dioses tomaron
los dedos y crearon ocho planetas más sin vida y la muerte nació y
el silencio los pobló para siempre. Quedando sólo los pulgares,
esculpieron el fuego y el hielo, la luna y el sol y todo empezó a
moverse a la derecha, que antes no existía al igual que el
movimiento.
Los
dioses pelearon y se mataron entre ellos, y el hombre los observó
alimentarse con sus carnes y copiaron el rito del caníbal con aceros
e instrumentos musicales, pero los hombres se hicieron pocos y
escribieron libros de historia y matemáticas. Los dioses vomitaron y
se vomitaron para siempre, porque ahora a ciencia cierta son algo así
de quince o veinticinco, y fue cuando nacieron las estrellas. Pero un
dios no quiso comer y tomó el útero sobrante y lo tragó y los
demás murieron. Los hombres no podían comunicarse con el dios y
comenzaron a crear puentes, puertas y torres y tomaron al dios del
cuello y lo laceraron mil veces por mil veces más. Los hombres
cogieron suave al útero y lo dividieron en tres vasijas. En una
vasija depositaron agua y tomó forma de identidades trigonométricas
inversas, la formula de Euler y la prosa; en la segunda, depositaron
aire y se transformó en una ballena blanca gigantesca y en la poesía
lírica, y; en la último de los recipientes colocaron un trozo de
roca que formó el perfume, incienso y a la poesía épica de los
rapsodas lombardos. Así de simple.
Con el
tiempo me quedó medianamente claro que todo se inclinaba a la
derecha, y era obvio, cuando ya no valían los dioses de mi abuela.
Estaba más o menos nítido el porqué de todo a la derecha. Cuando
se sigue caminando y hace mucho calor, y el sol ataca velozmente y te
golpean las ataduras de una policía uniformada. Las cosas había
estado desde el inicio predispuestas a girar hacía un punto
definido, el significado ontológico de lo que es enteramente una
noria, eso era resueltamente la respuesta, el movimiento de una noria
en el agua.
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