sábado, 22 de junio de 2013

Evangelio.

De niño nunca pude entender el laberinto de la continuidad y la discontinuidad, nunca pude entender donde precisamente íbamos y por qué nos seguía la luna cuando andábamos en auto. Me acostaba en la cama apretándome los ojos con los dedos y se sentía como si pudiera viajar al interior del cuerpo, casi sentía cuando pasaba por el estómago o cuando todo terminaba a la altura de los riñones. Luego, entendí que nunca había estado de viaje al interior de la carne, del núcleo mamífero padre del erotismo rey. Siempre transité en el espacio, era el lugar por donde me movía, dónde me encontraba.
El espacio me crea problemas de orientación y referencia. Ahora, clavado al planeta, en las vísceras del templo más grande que intelecto humano pudo construir, no me queda claro en qué lugar se ubica la derecha y en cuál la izquierda, hacia dónde gira la Tierra en definitiva.
Es de crucial importancia creer en el mecanismo de discontinuidad que se sulfura en la muerte y la creación de los animales sin cola, el universo, el cían, magenta y amarillo. Los colores que no entiendo, pero que intuyo en tono de grises y terracotas suaves.
Mi abuela decía que la tierra no existía, por lo menos no existió. Era ahí que, en ese entonces, constaban tres dioses o cinco dioses o trece dioses o cualquier número de dioses, que para estos efectos no importa. Hubo un tiempo cuando los tres o veinte dioses decidieron por el caos, hasta que un dios quedó embarazado. Los dioses no creaban, no mataban ni creían en ellos mismo ni en nosotros. Cuando el dios preñado quiso dar a luz se dio fin al caos, eso decidieron los otros doce o dos, no sin antes fulminar al quedado encinta. Así que antes de parir éste trató de defender sus ovarios, entrañas y sus dos bellos brazos, pero los otros le cortaron la cabeza.
Con una daga le atravesaron el cerebro y el dios decapitado cerró los ojos. La daga pasaba por su cuello y abría la cuenca de su cráneo como la cruz del Gólgota. Así fue que sangró y sangro y siguió sangrando. La sangre caía en líneas rectas, entonces nacieron los números y los rayos al infinito cartesiano y ptolomeico, así la daga se fue afinando hasta convertirse en un cuchillo y la empuñadura en astrolabio, cuarzo y metro - en esos momentos de la historia yo me callaba y tomaba té con miel o azúcar, dependiendo de la temporada-, pero los sobrevivientes tenían que recoger la sangre que escurría eterna, y fue que hubieron que tomar la columna del occiso y nacieron los trópicos, las balsas y la vulgaridad. Y la sangre dejó de caer y nacieron las cruces, los cementerios, la vida y el desnudo. La sangre hirvió y se transformó en costra, tierra, monte y el vació generó el mar y los ríos. Lo que quedó en el estado medio fueron coral e hipocampo. Del coral las esponjas y de las esponjas los animales que buceaban. Con las entrañas decidieron rescatar el oxigeno y el viento, así nació lo que estaba arriba y lo que estaba abajo y a la izquierda. La cuchilla se alivianó y adoptó la forma de una aguja larga y con el tope nacieron las ratas y los cerdos. Las ratas se levantaron y comenzaron a fumar, construir industrias y usar vestidos; con el ojo de la aguja lo que estaba arriba se coloreo de azul y la sangre fría le copió. Los dioses vieron los brazos y antes que se descompusieran los descompusieron ellos. Un brazo se contrajo en terremoto, envidia y minerales preciosos y al otro lo unieron con la aguja y taponearon el centro de la tierra para siempre. Tomaron las manos y le dieron cuerpo al ser humano que exterminó a las ratas con sombrero. Los dioses tomaron los dedos y crearon ocho planetas más sin vida y la muerte nació y el silencio los pobló para siempre. Quedando sólo los pulgares, esculpieron el fuego y el hielo, la luna y el sol y todo empezó a moverse a la derecha, que antes no existía al igual que el movimiento.
Los dioses pelearon y se mataron entre ellos, y el hombre los observó alimentarse con sus carnes y copiaron el rito del caníbal con aceros e instrumentos musicales, pero los hombres se hicieron pocos y escribieron libros de historia y matemáticas. Los dioses vomitaron y se vomitaron para siempre, porque ahora a ciencia cierta son algo así de quince o veinticinco, y fue cuando nacieron las estrellas. Pero un dios no quiso comer y tomó el útero sobrante y lo tragó y los demás murieron. Los hombres no podían comunicarse con el dios y comenzaron a crear puentes, puertas y torres y tomaron al dios del cuello y lo laceraron mil veces por mil veces más. Los hombres cogieron suave al útero y lo dividieron en tres vasijas. En una vasija depositaron agua y tomó forma de identidades trigonométricas inversas, la formula de Euler y la prosa; en la segunda, depositaron aire y se transformó en una ballena blanca gigantesca y en la poesía lírica, y; en la último de los recipientes colocaron un trozo de roca que formó el perfume, incienso y a la poesía épica de los rapsodas lombardos. Así de simple.

Con el tiempo me quedó medianamente claro que todo se inclinaba a la derecha, y era obvio, cuando ya no valían los dioses de mi abuela. Estaba más o menos nítido el porqué de todo a la derecha. Cuando se sigue caminando y hace mucho calor, y el sol ataca velozmente y te golpean las ataduras de una policía uniformada. Las cosas había estado desde el inicio predispuestas a girar hacía un punto definido, el significado ontológico de lo que es enteramente una noria, eso era resueltamente la respuesta, el movimiento de una noria en el agua.

No hay comentarios:

Publicar un comentario