Durante toda mi vida he tenido una sensación horrible, un sentimiento
que me acompaña todos los días, es algo que va más allá del daltonismo o
pretender ser especial, es una sensación demasiado constante en mi vida como
para que sea falsa o conscientemente impostada. Cuando llegué a Concepción y me
encontré completamente solo aumento, se tornó aún más palpable, quizá sea algo
con la soledad, aunque no lo creo, es algo sensorial y eterno. Hablo de una emoción
seca y porosa, me pasa más en esta época, aunque en invierno también, incluso
cuando era niño e iba en la micro de vuelta del colegio lo podía percibir y
durante los recreos, lo sentía desde que abría los ojos en la mañana y la
Pamela ponía una taza de té sobre mi velador, desde ese momento no paraba hasta
que me acostaba o cerraba los ojos o veía otra cosa. A veces me duelen los ojos
un montón, así que me pongo a glooglear sobre derrames oculares y aneurisma, especulo
que es la presión la causante de mi molestia, entonces concluyo que tengo que
salir hacer ejercicio, respirar un poco de aire y de esa forma termino
caminando por ahí, buscando a paso lento los lugares con más sombra y viento de
la ciudad, como Freire a la altura de Consalud o Manuel Rodriguez por el
bandejón central. No se me quita jamás la sensación porosa, veo los edificios y
las familias que habitan esos edificios, veo a los niños jugando con sus padres
y sus mascotas, veo todo lo que nos ofrece la sociedad en la que vivimos y no
es que me repugne, es otra cosa. Observo todo eso de lo que hablé y me parecen
tan evidentes las grietas, ni siquiera creo que sea totalmente falso, sólo
pienso que el resto no tiene ni la más puta idea de lo real que es a veces la
vida y la luz del sol que se vierte sobre todas las cosas y lo que a ellos les
parece hermoso a mí me complica tanto, me descompone, porque no logran entender
completamente que juegan y bailan sobre una plataforma que se sostiene sobre un
alfiler, no entienden lo frágil que son sus rostros polvorientos, pero yo los puedo
ver de cerca, mejor que nadie en el mundo, más de cerca que nadie los verá
jamás. Entonces los niños siguen columpiándose con sus padres y las parejas de
la mano jurándose amor condicionado o eterno, pero esos niños no le temen a la
muerte y esas parejas no conocen el verdadero dolor de amar y menos todavía
podrían sospechar que ese dolor pueda durar para siempre, porque en verdad no
les preocupa el amor como me preocupa a mí, tampoco les aproblema que los
edificios sean tan grotescos y las calles tan fracturadas o que las personas
tenga la piel tan porosa y deslustrada o que las relaciones que hemos
construidos sean tan endebles y que al final los lobos son siempre lobos.
Todas las mañanas me despierto con esa sensación porosa,
seca, desilusionante de que la vida es más real de lo que puedo soportar,
porque no estoy hecho de arcilla, no soy un ladrillo, mi resistencia a la
presión es baja y de tanto observar me da la impresión que ando fuera de compás,
porque a momentos me harta ver, pero qué más puedo hacer, me amarro al refugio
que tienen todos los escritores y los cobardes, me amarro al L'esprit de l'escalier y espero que algo
se me ocurra mientras todo esto me asquea y maravilla a la vez. Incluso cuando
trato de recordar una situación puntual o un momento determinado está repleto
de esa sensación pesada de la que escribo, es como un filtro, como el espejo
que separa a Jane de Travis. En fin, esa sensación se acentúa o se atenúa, pero
jamás se va del todo, ni estando drogado desaparece, pero hubo algo que nunca
me pareció así, algo que cuando recuerdo profundo nunca deja de ser limpio y
profundo, siempre que imagino tu rostro, lo blanca de tu piel, lo hondo que me
parecían tus ojos, el marco de tus lentes y el contorno de tus cejas, salvo las
veces que te sonrojabas, pero aun así era regular, solamente que de otra forma,
porque cambiaba, pero continuaba siendo el mismo cuenco de leche, ahora leche
tibia. Cuando trato de imaginar o describir en mi mente tu rostro se me vienen
a la cabeza esas historias de las geishas de Kawabata (a Keiko por ejemplo),
otra veces te imagino como Irma Vep en los retratos que hacían de Musidora en
ese tiempo los surrealistas. Me quedo tranquilo con eso, con la imagen de tu
rostro, el filo de un cuchillo, porque es como nublar la vista o colocar los
pies en el agua.
Las noches tienden a desarticular ese sentimiento, pero
siempre está allí, abrasando los sentidos, los chakras, las cuencas de mis
ojos. No es algo por lo que no duerma en las noches, todo lo contrario, es
precisamente el motivo por lo que lo hago. Nunca estuve muy seguro de si te
pasaba algo similar, pero me gusta pensar que sí y siempre que te leo me da esa
impresión, porque somos dos trenes que se encuentran en la noche. Por eso
camino sobre tus pasos o espero que encuentre los míos. Así que un día leo la
entrevista de Carver en el Paris Review y
me quedan dando vueltas las imágenes de él limpiando pisos en el cine y de su
padre leyendo un libro de Zane Grey en el sofá y veo Nocturnal Animals una y otra vez hasta que se me queden pegados los
movimientos y las posturas y es inevitable recordarte y es verdad que me parece
obvio, porque es obvio, obvio para ambos supongo. Algunas noches incluso siento
miedo, el mismo miedo de que hablabas, el terror a dejar de importarte sin más, como
si fuera la insignificante cuenta de un ábaco, pero luego lo pienso mejor y es
imposible, porque tú eres más yo que yo mismo y cuando estaba terminando de
leer Llámame por tu nombre y Oliver
le dice a Elio, luego de un montón de años, que al verlo era como despertarse
de un coma, de un largo sueño, de que todo lo que hizo no era más que una vida
paralela, ese diálogo me entumeció tanto el alma. Todo lo que he hecho y
deshecho está construido bajo la luz de esa sensación aplastante, porosa, y verte
es como despertar del sueño y poder dejar de forzar la vista y que quizás algún
día se acabe el espacio para más películas y libros y recuerdos y se acabe el
espacio para todos, menos para ti, así que pueden volar por lo cielos la
catedral, pueden adorar otros dioses, bautizarla y rebautizarla mil veces, pero
San Clemente es completamente nuestra y eso es así porque mi amor dice algo de
ti que ni tú misma conoces y viceversa.
Yo tampoco olvido lo malo, posiblemente porque yo lo hice, y
posiblemente también me aferre a la adolescente creencia de que somos almas
gemelas, pero yo soy buen nadador, puedo nadar horas y hundirme un montón, lo malo
es que soy un poco friolento así que rodeo el mar, lo sigo y de un momento a
otro me meto, pero nunca olvido que morir ahogado debe ser horrible, que esa asfixia finalmente es el coma. Salgo rápido del océano, no quiero ser parte de la fauna abisal, prefiero hablar que morir.
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