lunes, 13 de julio de 2015

Todo lo que he dejado escapar lleva las marcas de mis garras.
David Foster Wallace.



Primero nos reímos de la tristeza, de la miseria humana (Pagliacci), enseguida, nos reímos de la muerte del hombre (A Modest Proposal), para finalmente reírnos de la risa, del hombre mismo (The Killing). La commedia è finita sentenciaba Caruso ¿No es paradójico que la comedia termine deteniéndose a sí misma, eligiendo su fin? Los chistes no se acaban nunca, la broma jamás termina, la broma es infinita, como el título del libro de Wallace - que cabe decir que no terminaré de leer sino en un año o quizá hasta dos-.

Es común escuchar que uno de los elementos cohesionadores en una relación entre dos humanos es el humor, compartir el humor, seguir el mismo diálogo o participar de un mismo repertorio, como si fuese un guión, como si fuese todo un sketch infinito que acabara en la ruptura o fin de la relación. Como dije con anticipación, las bromas carecen de fin, implican asumir una conversación que no terminará nunca, que sencillamente se transforma en silencio o en una especie de complicidad ausente. Las relaciones entre los hombres son complejas, en el fondo, decir que el humor es un elemento determinante es un refugio para gente carente de imaginación, tanto como decir que no lo es. Las cosas no son tan simples, el  fenómeno humano de la comicidad se produce o sencillamente no, es por eso que nos podemos reír de las mismas cosas pero por distintas razones, porque en la comedia a diferencia de la tragedia no se tiene por objetivo causar temor o conmover, como define Aristóteles. No se supone que tenga que ser gracioso, se supone que tiene que doler.


Es quizá por eso que encuentro tan equivocada la conclusión de Gillian Flynn en Perdida, porque desde el principio de los tiempos estamos repitiendo un guión manoseado, emulando en el juego de la sobreviviencia, claro que las circunstancias han cambiado y el margen de improvisación, posiblemente, ahora sea mucho menor. Una vida con experiencias de segunda mano no me hace arribar al resultado de que no exista una compañera de alma ni que el alma humana misma haya desaparecido, no olvidemos que Jesucristo nos redimió a todos - o Judas, si consideramos el evangelio de Bernabé como cierto-. Yo pienso que existe el alma humana, que existen las almas gemelas o mellizas, que el humor no termina y que sólo la muerte va destruir mis carcajadas.


Cada uno posee una gruta y en ella habita una misma secreta y callada creencia de que todos somos distintos a todos los demás. A lo mejor a eso lo podemos denominar alma y al acto de dejar de creer en eso lo podemos llamar amor.

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