miércoles, 21 de noviembre de 2012

Nueve onzas de goma.


Mientras estuve tratando de estudiar se me ocurrió abrir la ventana para fumarme un cigarrillo, así que moví la ventana y apoyé los codos sobre el ventanal del piso seis en que vivo. Estuve mirando atento la laguna, estuve mirando los edificios largo rato, pero no podía sacarme de la mente la idea de que en cualquier minuto, en una cosa de un instante, el ventanal se podría desencajar y yo reventarme en el pavimento. Estuve pensando si me moría y sobre la circunferencia de los tronos, pero sobre todo pensé en la muerte, en la muerte total. La verdad de las cosas es que no he experimentado materialmente la profundidad de la pena ni lo físico que es la muerte de un ser humano querido, quizás he estado cerca, pero nunca el universo se ha propuesto practicar ese ejercicio conmigo, he sentido más que nada conmiseración infinita y mortal,  que como los colores trato de asimilar a la experiencia eventual de morir como un barril de ébano.

De todas formas, creo que conozco la muerte, creo que la he visto a la cara. Veo cadáveres sin titubear, fotografías de occisos. Cuando niño observé como mataban corderos y como caía la sangre en dos especies de surcos; como un hombre se desprendió de su cuerpo mientras una furgoneta de gendarmería molía los huesos y las vísceras de dos inocentes y un condenado. He visto riachuelos de sangre mancharme las zapatillas y como un hombre muere inflamado de sangre poco a poco. Cuando una persona está a punto de morir no mira a nadie a la cara ni trata de comunicar alguna cosa,  sólo trata de aferrarse a los últimos instantes de existencia, la vida por unos cuantos segundos se transforma en algo completamente sólido como un diamante o el cuerno de un rinoceronte, y luego simplemente se va. Así, sin más, sin absolutamente ninguna respuesta o interrogante.

La muerte en general no es algo que me aterrorice, es más bien la muerte prematura lo que me preocupa, pero quién tiene que morir finalmente. Aunque existen ciertas personas de las que la muerte es algo bastante intuidle y otras de las que se genera la sensación de que se azotó injustamente la tierra en busca de su alma. Cuando he experimentado algo que se acerca a la muerte siento el efecto de que me pesara el alma, una frase de mierda que todos dicen, pero que en mi es completamente real, como si el aire tomara la consistencia de la harina. La mezcla base del lodo y el agua se la puede escurrir a través de los poros; cada partícula se separa una de otra;  cada hueso se agrieta hasta tener filo; y, nos transformamos en un daga, una cuchilla corva y pesada de la que Dios sólo ha provisto de autoconmiseración. Sólo compasión, la pena con el tiempo se decanta en un líquido amarillo que sella absolutamente todo, como el pegamento, como el electromagnetismo; y es eso lo que genera la muerte, crea imanes, gente reducida a la visita, al nomadismo eterno de los paisajes, de las habitaciones ajenas y del sexo más profundamente erótico.

Una vez fui a visitar a un tío que moría de cáncer. Mi tío era un ensañado fumador y un alcohólico, recuerdo que me pedía que prendiera un puchito al lado de él, que le gustaba recordar el olor del cigarrillo. Recuerdo que él era sumamente flaco y cuando estuvo en la clínica quedó aun más flaco, en cosa de cuatro meses murió, ciertamente que no lo vi morir, pero siempre me gustó imaginar que se hubiese podido fumar un cigarro antes de convulsionar hasta acabarse. Eso me daba la sensación de que su muerte se transmutaba en un acto hermoso y poético, pero la verdad es que todas las muertes son una mierda, y es así porque la muerte es un fenómeno sumamente vulgar. La muerte no tiene ningún fragmento de elegancia, es lo mismo que cagar en la calle o la fotografía de un homicidio. La muerte carece de la delicadeza del luto, de la sobriedad de la ceremonia cristiana o el rezo matutino del musulmán practicante. A veces me acuerdo de mi tío pidiendo whiskey en el club, de su anillo sólido en su anular, de su infinito conocimiento de García Lorca, pero también recuerdo que terminó como un perro.

Cuando mi abuelo enfermó, mi abuelo paterno, nunca fui a verlo. Siempre me cayó bien, aunque fuese un ser humano extremadamente ajeno a mi vida y que mi padre lo odiara, posiblemente por eso fui al funeral, que fue tan hermoso como si se tratara del de un músico de New Orleans. Me quedé con un par de sus cosas, muy pocas, además de con la impresión de no querer morir y el deber de tener que escribir muy rápidamente algo excelente. Muchos años después, estoy enfrente de la ventana del apartamento en que vivo, elucubrando acerca de mi muerte y viendo como la laguna se sacude hasta de noche, no deja de latir absolutamente nunca, no importa lo tan profundamente obscura que sea o parezca, y todo es totalmente intrascendente porque las lagunas mueren. Yo voy a morir y nadie se va dar ni por enterado, porque ninguna puta muerte importa. No importa la muerte de los pobres que viven a las orillas del río ni la muerte de ningún mortal sobre la tierra, sólo queda un gran vacío lleno de sangre, una herida que desgarra una orilla del universo y lo envuelve como un alfombra y me parte el corazón y me hace volver al niño con frío de la calle Bolivar a pasos de Juan Martínez en mil novecientos noventa y cinco, cuando aun ni te conocía. 

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