miércoles, 6 de junio de 2012

Declaración de Honor Nº7.

Ayer por la noche me pasó un grillo sobre el cuerpo, me recorrió la pierna hasta que lo traté de tomar y saltó. Mi madre siempre decía que matar a un grillo era de malísima suerte, que había que soportarlos, que su ruido no era desapacible, que no eran bichos demasiado desagradables, que sería fabuloso tener más. La Emilia tomó uno con las manos y lo aplastó, como si fuera una polilla o cualquier otro insecto vulgar, dejó el cilindro con espuma en la mesa y jugó con el cadáver fresco.
Cuando era niño, mi abuela lavaba la loza después de almuerzo, yo me tiraba en el sillón a ver televisión o me echaba en la alfombra o daba vueltas en el patio. En ese tiempo vivíamos en la calle Thompson y éramos muy pobres. El vecino un día me regaló una espada fosforescente y recorrí el pasto del jardín dando vueltas en ocho, dando estoques con la espada de plástico. Un día el vecino se fue y la espada dejó de brillar en la oscuridad, porque eran líquidos lo que hacía brillar a la espada y lógicamente los químicos dejaron de reaccionar. Un día mi abuela levantó los platos y antes de limpiar llenó un tazón con lavaza y me pasó una bombilla. Volví al patio a girar en ocho, a tirar burbujas y a echarme de espalda. Ese día tomé té en el almuerzo.
Hoy en la tarde llené un frasco con lavaplatos y agua, saqué una pompilla de un jugo. Me temblaban las manos, tenía nauseas, estaba nerviosos, estuve todo el día tiritando, desde la mañana cuando me contaron que se había muerto su madre. Podía ser la de cualquiera, pero era precisamente la de ella, pudo haber sido un traficante de órganos o el funcionario de guardia en la Centra Nº5 de Bomberos o la Bomba del Litro, hasta podría haber sido un vulgar manifestante de alguna cosa, algún miembro poco destacado de la población.
Creo que nunca le he dicho gracias a mi abuela, sólo la de los buenos modales, las de después de comer o antes de ver Doctor Zhivago. La verdad, nunca he podido decir algo en demasía acertado. Lo que se circunscribe tanto para mi abuela como para todo el resto del mundo. Es muy complejo poder decir algo que valga la pena en el momento preciso, simplemente nunca se me ocurre algo. Así que me quedo completamente callado con la voz cortada, es demasiado estresante, mucho peso para un solo ser humano, para un sujeto único en la especie. Siempre han sido los objetos inmóviles los únicos diseñados para sobrellevar la presión, como las bloquetas o los diccionarios. Nos aprendimos a mover demasiado rápido, aprendimos a soplar burbujas y cubrirnos del frío. Así que cuando escucho que alguien muere se me abomba el pecho, me salen espinillas en la nuca, me pongo sumamente nervioso. Cuando llamo para condolencias, cuando abrazo a los sobrevivientes del accidente, cuando veo a los perturbados y perdedores me quedo absolutamente mudo. Escribo listas de cosas que no debo decir ni mencionar, que serían de mal gusto o que tendrían respuestas hostiles.
Soplaba la cañita con rayas verticales mientras corría la sangre, como de vacas colgadas, como John Gacy atascado por los químicos de ensayo en algún centro penitenciario. Me trato de convertir en flauta de metal, mi cuerpo se intenta volver un poco menos carne y un poco más de cuarzo templado, si es que existe el cuarzo templado, sino marfil. Leí sobre los minotauros, los faunos y occisos, entendí la lógica de la red de pescar y como se construyó finalmente el coloso de Rodas, el coloso de Memnón, el coloso de Nerón, el coloso del Eithad Stadium. Intenté buscar explicaciones para el cuerpo deshecho de mi novia muerta. Los dioses encuentran las peores formas para recordarnos que podemos eventualmente morir, así que esta vez decidieron darle vuelta la piel a la mujer que amo y desgraciar la vida del mundo de paso.
Nunca me quedó muy claro por qué las burbujas en la noche se iban al piso, no lograban volar. A veces me pasaba que se estrellaban contra el pasto. Me ponía nervioso, me daba rabia. Intenté desesperadamente poder elevarlas, pero las burbujas son muy pesadas por la rechucha, lo juro. Siempre se me terminaba la lavaza o tragaba un poco de la mezcla. El caldo del lavavajillas es espeso, a veces suave, como se quieran las burbujas. Existen, de hecho, las antiburbujas. Existen, de hecho, gente más operativa, más  sensible, más considerada que yo.
Mi abuela hoy me sirvió el té. Las viejas costumbres de ramplona dama inglesa no se pierden. Me ama en silencio, me mezcla el pelo como si fuesen corn flakes. No se acuerda de la pompilla ni de la lavaza, mucho menos de la enceradora. Quizás sólo tiene memoria para las piedras de la orilla del litoral, quizás solamente se acuerde de la espada que yo daba vueltas en el patio. Cuando éramos tremendamente felices, cuando mi mamá usaba vestidos con flores y me recortaba una manga de su pijama para dármela como manta.
Cuando me llamaron en la mañana me puse nervioso y tenso, se me flectó la espalda y no pude seguir durmiendo lo que restaba. No pude ser empático hasta que vi a mi madre y a mi abuela. No me puse a llorar. Me recordé del carnaval de la población Matadero, los hombres disfrazados de novias, las cabezas de vacas muertas, a mi y Alfonso abrazándonos de miedo cuando llegaba el rey y la forma como soltaban a los terneros para colgarlos en la Escuela Centenario, al lado de Serrano. Cuando veía esas vaquillas que las colgabas de una pata y las desollaban semivivas, cuando veía como la harina con agua me llegaba a la cara. Era tremendamente feliz y estaba en sumo espantado. Mi sensación actual es la misma que en el carnaval, me faltó ser más belicoso, tener más visión y conmoverme lo menos posible. 

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