Ayer por la noche me pasó un
grillo sobre el cuerpo, me recorrió la pierna hasta que lo traté de tomar y
saltó. Mi madre siempre decía que matar a un grillo era de malísima suerte, que
había que soportarlos, que su ruido no era desapacible, que no eran bichos demasiado
desagradables, que sería fabuloso tener más. La Emilia tomó uno con las manos y
lo aplastó, como si fuera una polilla o cualquier otro insecto vulgar, dejó el
cilindro con espuma en la mesa y jugó con el cadáver fresco.
Cuando era niño, mi abuela lavaba
la loza después de almuerzo, yo me tiraba en el sillón a ver televisión o me
echaba en la alfombra o daba vueltas en el patio. En ese tiempo vivíamos en la
calle Thompson y éramos muy pobres. El vecino un día me regaló una espada
fosforescente y recorrí el pasto del jardín dando vueltas en ocho, dando
estoques con la espada de plástico. Un día el vecino se fue y la espada dejó de
brillar en la oscuridad, porque eran líquidos lo que hacía brillar a la espada
y lógicamente los químicos dejaron de reaccionar. Un día mi abuela levantó los
platos y antes de limpiar llenó un tazón con lavaza y me pasó una bombilla.
Volví al patio a girar en ocho, a tirar burbujas y a echarme de espalda. Ese
día tomé té en el almuerzo.
Hoy en la tarde llené un frasco
con lavaplatos y agua, saqué una pompilla de un jugo. Me temblaban las manos,
tenía nauseas, estaba nerviosos, estuve todo el día tiritando, desde la mañana
cuando me contaron que se había muerto su madre. Podía ser la de cualquiera, pero
era precisamente la de ella, pudo haber sido un traficante de órganos o el funcionario
de guardia en la Centra Nº5 de Bomberos o la Bomba del Litro, hasta podría
haber sido un vulgar manifestante de alguna cosa, algún miembro poco destacado
de la población.
Creo que nunca le he dicho
gracias a mi abuela, sólo la de los buenos modales, las de después de comer o
antes de ver Doctor Zhivago. La verdad, nunca he podido decir algo en demasía
acertado. Lo que se circunscribe tanto para mi abuela como para todo el resto
del mundo. Es muy complejo poder decir algo que valga la pena en el momento
preciso, simplemente nunca se me ocurre algo. Así que me quedo completamente
callado con la voz cortada, es demasiado estresante, mucho peso para un solo ser
humano, para un sujeto único en la especie. Siempre han sido los objetos
inmóviles los únicos diseñados para sobrellevar la presión, como las bloquetas
o los diccionarios. Nos aprendimos a mover demasiado rápido, aprendimos a
soplar burbujas y cubrirnos del frío. Así que cuando escucho que alguien muere
se me abomba el pecho, me salen espinillas en la nuca, me pongo sumamente
nervioso. Cuando llamo para condolencias, cuando abrazo a los sobrevivientes
del accidente, cuando veo a los perturbados y perdedores me quedo absolutamente
mudo. Escribo listas de cosas que no debo decir ni mencionar, que serían de mal
gusto o que tendrían respuestas hostiles.
Soplaba la cañita con rayas
verticales mientras corría la sangre, como de vacas colgadas, como John Gacy atascado
por los químicos de ensayo en algún centro penitenciario. Me trato de convertir
en flauta de metal, mi cuerpo se intenta volver un poco menos carne y un poco
más de cuarzo templado, si es que existe el cuarzo templado, sino marfil. Leí
sobre los minotauros, los faunos y occisos, entendí la lógica de la red de
pescar y como se construyó finalmente el coloso de Rodas, el coloso de Memnón,
el coloso de Nerón, el coloso del Eithad Stadium. Intenté buscar explicaciones para
el cuerpo deshecho de mi novia muerta. Los dioses encuentran las peores formas
para recordarnos que podemos eventualmente morir, así que esta vez decidieron darle
vuelta la piel a la mujer que amo y desgraciar la vida del mundo de paso.
Nunca me quedó muy claro por qué
las burbujas en la noche se iban al piso, no lograban volar. A veces me pasaba
que se estrellaban contra el pasto. Me ponía nervioso, me daba rabia. Intenté
desesperadamente poder elevarlas, pero las burbujas son muy pesadas por la rechucha,
lo juro. Siempre se me terminaba la lavaza o tragaba un poco de la mezcla. El
caldo del lavavajillas es espeso, a veces suave, como se quieran las burbujas.
Existen, de hecho, las antiburbujas. Existen, de hecho, gente más operativa,
más sensible, más considerada que yo.
Mi abuela hoy me sirvió el té.
Las viejas costumbres de ramplona dama inglesa no se pierden. Me ama en
silencio, me mezcla el pelo como si fuesen corn flakes. No se acuerda de la
pompilla ni de la lavaza, mucho menos de la enceradora. Quizás sólo tiene
memoria para las piedras de la orilla del litoral, quizás solamente se acuerde
de la espada que yo daba vueltas en el patio. Cuando éramos tremendamente
felices, cuando mi mamá usaba vestidos con flores y me recortaba una manga de
su pijama para dármela como manta.
Cuando me llamaron en la mañana
me puse nervioso y tenso, se me flectó la espalda y no pude seguir durmiendo lo
que restaba. No pude ser empático hasta que vi a mi madre y a mi abuela. No me
puse a llorar. Me recordé del carnaval de la población Matadero, los hombres
disfrazados de novias, las cabezas de vacas muertas, a mi y Alfonso abrazándonos
de miedo cuando llegaba el rey y la forma como soltaban a los terneros para
colgarlos en la Escuela Centenario, al lado de Serrano. Cuando veía esas
vaquillas que las colgabas de una pata y las desollaban semivivas, cuando veía
como la harina con agua me llegaba a la cara. Era tremendamente feliz y estaba
en sumo espantado. Mi sensación actual es
la misma que en el carnaval, me faltó ser más belicoso, tener más visión y
conmoverme lo menos posible.
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