Sólo el desierto sabe lo que se comen los lobos,
Quizás no sean ellos sino el torno quemado de la orilla.
Los caminos a casa se anegaron,
No llegaros nunca, porque nadie supo culparse
De la pelea ni de la solución de comer mañana.
Entre el sueño de los cementerios, los orfanatos, el manicomio
Y los pastos de la universidad
Cae un silencio que no se mueve ni se esconde,
Una luz con moto de hombre, de guardián y vigilante.
Llegó a quemarnos la cara, a arrugarnos.
No nos pusimos a llorar,
Simplemente cogimos las cervezas.
Viajé sobre el puente de un lago, en el estómago de una vaca,
De las que se hacen hamburguesas
Con las que hacemos esa pasta color mierda en la boca.
Así lo que teníamos se hizo témpano, se volvió cirio.
Con estructuras de millones y el cortinaje bien elegido.
Blanco, impecable.
Nadie quiere ser sobreviviente en los gramófonos
De ese edificio. Todos fuimos capaces de bajar
A los más profuso de los sótanos.
Y es claro que ese día se carneó como una res a las 6 AM.
Si la mujer a la que le tomé el brazo fuese obrera,
Aunque tenga que comer lo mismo de ayer
Y la máquina ya no genere más frío,
Se podrán ver preservados cuadros,
Los oleos masticados en millares.
El mundo nació para comerse a sí mismo,
A nosotros con él y a él contigo.
¿Cuándo se acaba lo sepia?
Así se lo dije:
Se acabó el pan de anís y las horas de buceo, todavía queda el altar donde fuimos bautizados.
t.s eliot desearía haber escrito esto
ResponderEliminarque suerte que no lo hizo. a lo mejor perdía el nobel si lo incluía a los cuatro cuartetos
ResponderEliminarme siento participe a cagar del segundo verso y de haber viajado en el el vientre de una vaca o de cualquier animal sin forma del cual salen las deliciosas hamburguesas que son el maná de los yanquis
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